• Tao Burga

Libertad y tragedia desde una realidad determinista


Alumno: Francisco Tao Burga Montoya

Materia: Lengua y literatura

Profesor: Daniel Alicio

Colegio: San Pablo

Fecha de entrega: 22/05/2019



Índice:

Pág. 3 ________________________________________________ Introducción

Pág. 4 _______________________________________ Libre albedrío y determinismo

Pág. 16 _______________________________________ Destino y vértigo de la libertad

Pág. 22 _____________________________________ Destino y el vértigo de la libertad

Pág. 23 ________ Amor fati y el eterno retorno: ¿qué constituye una buena vida?

Pág. 26 _____________ Catarsis como método de preparación para la tragedia

Pág. 28 _______________________________________ Justicia a falta de libre albedrío

Pág. 30 __________________ Velo de ignorancia: crear un modelo justo para todos

Pág. 34 ___________________________________ Ni blanco ni negro: una conclusión.

Pág. 37 ______________________________________________________ Bibliografía


Nota al lector:

     En esta monografía buscamos descongestionar el texto, por lo que los títulos de libros aparecerán en negrita. También, para diferenciar las citas del resto del texto, decidimos representarlas en «itálica». Por último, los fragmentos de libros en inglés que carecen de traducción al español estarán traducidos al pie de página con un asterisco* que indica traducción propia. Encontrará también algunas partes del texto que, a pesar de no ser citas, se encuentran en itálica para marcar la importancia de ciertas palabras o conceptos clave.


Introducción

En la presente monografía intentaremos analizar el libre albedrío, y más aún el determinismo desde una perspectiva científica y filosófica, tratando de presentar evidencia para la falta de libertad. Dado que ambas hipótesis convergen en los libros El Juguete Rabioso, escrito por Roberto Arlt y Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez, analizaremos estas obras para tomarlas como sustento filosófico de la temática principal de esta monografía. Por el contrario, dado que éstas no presentan –naturalmente­– un sustento científico para las hipótesis, estaremos incorporando a lo largo de este escrito citas y referencias al trabajo del neurocientífico estadounidense Sam Harris, su investigación y su libro Free Will[1].

¿Alguna vez se ha preguntado si las acciones que toma están completamente bajo su control, si usted –o lo que usted considera su yo consciente– es, realmente, el creador de sus pensamientos y artífice de sus acciones? Por supuesto, puede que en algún momento de su vida lo haya pensado, dudado de su arbitrio y su capacidad de tomar una decisión. Puede que haya intentado cambiar este destino tomando una decisión inesperada, o quizás un simple movimiento que no considere predeterminado, un pensamiento inusual… ¿pero no estaría esto predeterminado también? ¿Qué quiere decir realmente que esto esté predeterminado? ¿Han recibido los apologistas del fatalismo el susurro del demonio en su más honda soledad[2]? ¿Qué implicancias tendría esta falta de libertad para nuestras concepciones de culpa y mérito, culpable y merecedor? ¿Cómo cambiaría este nuevo paradigma nuestros sistemas de justicia, y qué pensaríamos ahora sobre el crimen y castigo[3]? ¿Sería esta nueva concepción de la realidad una forma de aumentar la compasión y comprensión para con otras personas o una forma de destruir nuestros cimientos morales? ¿Es incluso la discusión de esta hipótesis un ladrido vano o una incógnita interesante? Estas y otras preguntas intentaremos responder a lo largo de esta monografía.


Libre albedrío y determinismo

     Si bien es sencillo distinguir la creencia de libre elección con tanto el determinismo como el fatalismo, para la mayoría de los legos en filosofía distinguir entre estas dos últimas corrientes de pensamiento es una tarea más complicada. Es por esto por lo que creímos necesario establecer una definición clara y concisa sobre cada una de estas doctrinas filosóficas, y así evitar falacias lógicas más adelante. En cuanto al fatalismo, si bien algunos lo diferencian del determinismo en ciertos aspectos clave, éste es generalmente la representación pesimista del destino, y naturalmente tiene una connotación más negativa, por lo que evitaremos su análisis. La corriente filosófica que analizaremos bajo la idea del libre albedrío suele llamarse también libre albedrío libertario o libre albedrío libertariano, mientras que toda referencia a un destino fijado o a la falta de libertad suele llamarse determinismo duro. Entre estas dos posturas se encuentra también el compatibilismo, sobre el que indagaremos más adelante.

Antes, considere el siguiente experimento[4]:

Ahora mismo, piense en un animal, el que sea. Usted tiene completa libertad. Bien, ¿listo? Ahora recuerde en qué animal pensó mientras establecemos las siguientes definiciones.

Por empezar, definiremos al libre albedrío o libre elección como la capacidad de las personas de ejercer su voluntad para tomar sus propias decisiones. Para hacer esta definición más clara y práctica, estableceremos que de tener las personas la irrestricta libertad de tomar sus propias decisiones (siendo que estas decisiones no son simplemente el resultado de las circunstancias y todos los factores que influyan en el agente que toma esta decisión), estas podrían teóricamente retroceder el tiempo al momento exacto en el que decidieron algo (siendo que todo el resto de las cosas permanecen inalteradas) y, en cambio, decidir otra cosa, siendo esa precisa decisión la única diferencia entre los dos momentos distintos. Considerando el libre albedrío como evidente, entonces, ¿por qué pensó en el animal que pensó? ¿por qué no pensó en algo diferente?, pero la pregunta más pertinente sería: de poder retroceder en el tiempo al momento exacto en el que tomó la decisión, ¿considera posible haber pensado en un animal diferente?

Por el contrario, definiremos al determinismo como la doctrina filosófica según la cual todo fenómeno está prefijado de una manera necesaria por las circunstancias o condiciones en que se produce, y, por consiguiente, ninguno de los actos de nuestra voluntad es libre, sino necesariamente preestablecido[5].

Para hacer uso de nuestro experimento previo, considere ahora que el determinismo es evidente, y que la suma de todo aquel factor incidente sobre su decisión (por más pequeña que sea el factor o la decisión en sí misma) ha resultado en que usted piense en aquel preciso animal. En este caso, la hipótesis sería que, considerando que al rebobinar el tiempo todo factor influyente permanecería inalterado, su decisión sería siempre la misma. Por ejemplo, si usted pensó en un perro, los factores influyentes subconscientes podrían haber sido (lo cual no implica que lo fueron) que un perro se encuentre cerca suyo; que usted tenga una preferencia personal por el animal en cuestión como mascota; que más temprano en su día haya visto a uno (y quizás ahora ni siquiera lo recuerde); puede que su cerebro haya sucumbido a una predisposición subconsciente a pensar en un perro cuando leyó en esta misma monografía la expresión ladridos vanos; o un sinfín de otros factores posibles.

Incluso si cree que pensar en un perro fue su decisión consciente, y que, a pesar de ciertas influencias, el poder de decisión lo tenía en última instancia su yo consciente, ¿por qué eligió al animal que eligió? Realmente, pregúnteselo. Si cree que fue completamente aleatorio, ¿cómo probaría eso que usted fue libre en su decisión y no simplemente el producto del azar? Y si dio cualquier otra razón, por ejemplo, basada en su preferencia personal por el animal, nosotros responderíamos diciendo que sus preferencias personales están también fuera de su control. Usted no podría tomar la decisión de preferir un animal que le cause aversión. Podría decir que lo prefiere, pero sus gustos y preferencia no son realmente una elección del mismo modo que usted simplemente prefiere ciertos gustos de helado (sea por las razones que sea), pero no decide preferirlos. Incluso si pudiera cambiar su animal favorito, tendría que explicar de dónde salieron las ganas de cambiarlo, o incluso por qué sus intentos de cambiar su preferencia fueron exitosos (o no). ¿Entiende a dónde vamos? Puede que esta explicación le haya sido algo confusa, o puede que no (cosa que, aprovechamos a remarcar, no se encuentra bajo su control), en todo caso, lo resumiremos de la siguiente manera:

Lo que percibimos subjetivamente como una toma de decisión consciente en realidad es la suma de todos los factores ambientales e innatos y una cadena de eventos que influyen en el agente tomando la decisión. Entonces (para volver al experimento), a pesar de que usted cree haber tenido libertad absoluta en su decisión, ésta no podría haber sido diferente si rebobinase el tiempo, ya que todos los factores de los que dependió eran los mismos, y la cadena de causa efecto no se vería afectada.

A pesar de esto, algunos refutarían que a pesar de no ser ellos conscientemente quienes ejecutan una acción o toman una decisión, son, sin embargo, y al fin y al cabo ellos. Para responder a este argumento, es pertinente la explicación de Sam Harris: «At this moment, you are making countless unconscious “decisions” with organs other than your brain—but these are not events for which you feel responsible. Are you producing red blood cells and digestive enzymes at this moment? Your body is doing these things, of course, but if it “decided” to do otherwise, you would be the victim of these changes, rather than their cause[6].» (Harris, Free Will)

Volviendo a los principales argumentos a favor de la existencia de la libertad, suelen encontrarse:

a) Nuestra experiencia subjetiva nos indica que somos libres.

b) Si bien el mundo físico puede ser determinista, es decir, se rige por causa y consecuencia (ej. Pateo una pelota, entonces la pelota se mueve), esto no es verdad para los agentes conscientes, ya que su consciencia es metafísica y ésta actúa independientemente, pudiendo ser la fuente originadora de cadenas nuevas de acción y reacción.

Con respecto al primer argumento, si bien nuestra experiencia subjetiva es importante para nosotros, nunca fue la base de argumentos sólidos y válidos científicamente. Además, la mayoría de las personas mantienen tanto creencias libertarias[7] como deterministas (por ejemplo, creen que toda reacción conlleva una acción previa, o las experiencias pasadas influyen en el carácter de quien alguien es hoy, y, a la vez, que las personas poseen libre albedrío o libre pensamiento).

El segundo argumento, sin embargo, plantea un desafío mayor. Si bien es ciertamente posible que lo que nosotros llamamos mente, o nuestro yo consciente sea un agente independiente, inalterado por los factores que en este influyen, el cuerpo de evidencia actual parece indicar lo contrario.

Considere la siguiente situación hipotética:

Un hombre, bien entrada su adultez, repentinamente comienza a sentir una fuerte atracción sexual por los niños hasta el punto de abusar de uno. Sin embargo, tras ingresar a la sala de emergencias por una fuerte jaqueca, los médicos encuentran en su cerebro un tumor del tamaño de un huevo. Al ser este tumor removido, las nuevas tendencias perversas del hombre cesan. Pasado un tiempo, esta persona vuelve a sentirse atraído a los menores, por lo que ingresa al hospital para chequear si una condición biológica es nuevamente la causa de su pedofilia. Efectivamente, el tumor había vuelto a crecer en exactamente el mismo lugar. Tras ser removido con éxito, las tendencias del hombre vuelven a desaparecer, esta vez para siempre.

Uno pensaría que las preferencias de este hombre serían una parte de su «yo», inalterables por causas físicas, o que, por lo menos algo tan reprensible como la pedofilia nunca podría aquejarnos a nosotros, que nunca sentimos una fuerte atracción por los niños (y mucho menos haríamos algo tan inapropiado como abusar de uno). Ahora bien, se sorprenderá al saber que lo que acaba de leer no es hipotético en lo más mínimo[8]. El caso es verídico, y no está solo.

Otro caso, el de Phineas Gage, quien debido a un accidente se perforó la cabeza con una barra de metal, y requirió una lobotomía. El paciente sobrevivió, pero su personalidad cambió. «Cuando Gage volvió a trabajar en la obra, el obrero mesurado y cordial que todos conocían había desaparecido para dar paso a una persona con mal genio, fácil de irritar, dado a los insultos, con propensión al derroche y con una visión muy cortoplacista de la vida. Era, en general, una persona impaciente e irreverente, que se dejaba llevar por deseos fruto de un capricho y que pensaba poco en los demás[9]

Por último, el caso de Charles Whitman, un joven sin antecedentes criminales quien justo antes de asesinar a su madre, hermana y diecisiete personas más, escribió: «No entiendo muy bien qué es lo que me obliga a escribir esta carta. Quizás es para dejar alguna vaga razón por las acciones que recientemente he hecho. Realmente no me entiendo estos días. Se supone que debo ser un hombre razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuándo comenzó) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales […] Si mi póliza de seguro de vida es válida, por favor que paguen mis deudas... donen el resto anónimamente a una fundación de salud mental. Quizás la investigación pueda prevenir futuras tragedias de este tipo[10].»

Por último, Charles pidió que le hagan una autopsia (pues ya anticipaba su muerte), para determinar si había alguna causa para sus impulsos extraños y fuertes dolores de cabeza. Efectivamente, en la autopsia del joven se halló un tumor cerebral, un glioblastoma[11], y los médicos implicados en el caso afirmaban que «posiblemente podría haber contribuido a su incapacidad para controlar sus emociones y acciones[12]».

Desde luego, estas son condiciones extremas que afectan las intenciones y acciones de las personas, pero imagínese que existe una píldora para curar la maldad humana[13], la cual no sólo nos permitiría curar a los psicópatas cuyas tendencias derivan de un tumor—en cuyo caso hoy conocemos la causa puntual (como el caso anteriormente enunciado), sino que también nos permitiría analizar la pluralidad de factores que convergen en una persona malvada y así tratarla, anulando su previa tendencia a la maldad. ¿Odiaríamos también entonces a los que hoy llamamos malvados, o los veríamos como una persona que simplemente está enferma? ¿Se da cuenta cómo la medicina moderna nos permite identificar ciertas condiciones biológicas (en especial, que afectan la fisiología del cerebro) que pueden inducir a impertinencias sexuales, cambios drásticos en la personalidad e incluso actividades psicopáticas y misantrópicas? ¿No será el caso que, así como los antiguos griegos no sabían qué causaba los rayos y se lo atribuyeron a Thor, nosotros algún día sabremos con certeza todos los factores que crean la psicopatía humana y dejaremos de atribuírselo a la persona en sí como intrínsecamente vil? ¿No sentiremos entonces lástima por aquel que siente compulsión por violar, robar y matar? A pesar de esto, no hemos de confundir la comprensión de que cualquiera de nosotros podría encontrarse sin responsabilidad propia en los zapatos de estas personas que odiamos con la idea de que éstos no merecen enfrentar la justicia por sus acciones. Por supuesto que debemos por lo menos aislarlos, para evitar que causen daños a otros individuos, y la posibilidad del castigo será tratada posteriormente.

¿Pero fue realmente la culpa de Charles Whitman el haber cometido semejantes acciones? ¿Sería irracional odiarlo a él como persona por las cosas que hizo siendo que él mismo fue la víctima de su propia biología? Para ilustrar lo errada que está nuestra concepción de culpa y nuestro odio irracional, considere el capítulo El espejo desordenado, donde Simón del Rey se avergüenza de ser judío y portugués. Él sabe que los cristianos lo mantendrán a la distancia, lo juzgarán simplemente por saber su ascendencia etnoreligiosa y su bagaje cultural. ¿Cómo se justifica tanto odio irracional? Lo que es más, en sólo una de las cuantas expresiones antisemitas en este y una cantidad innumerable de otros libros, se dice: «porque le odia… le odia como un caballero odia a un judío con quien tuvo tratos por dinero y debió agasajar y palmear al hombro» (Mujica Láinez; 2017: 47) ¡Como si los judíos no hubiesen sido desplazados a cargos relacionados al dinero en una primera instancia! Los cristianos de antes veían los préstamos de dinero como usura, y por tanto no incurrían en ese tipo de pecados… Los judíos en cambio ocuparon gustosamente ese lugar, ¿pero no es irónico, entonces, como los goyim mordieron siempre la mano que se atrevía a darles de comer? ¡como si el antiguo pueblo judío no fuera más que una pandilla de engañosos, fraudes, criminales y latrocinios! Y sin embargo, más de mil años después de creado el estereotipo del judío avaro y angurriento, Simón del Rey seguía siendo juzgado por sus contemporáneos goyim. ¡Increíble lo reacio que puede ser el humano en el pensamiento racional! ¿Acaso era culpable este personaje por cometer un crimen sin víctimas, el crimen de haber nacido donde lo hizo a los padres que le tocaron en la religión a la que ellos adscribían?

Un ejemplo en El Juguete Rabioso de la incapacidad de ser diferente a como uno necesariamente es sería el caso del adolescente con quien Silvio Astier se encuentra mientras pasa la noche en un cuarto rentado. El adolescente le dice: «¡Ah, si hubiera nacido mujer! ¿Por qué será así esta vida? […] pero sigo mi destino… porque yo no era así antes, ¿sabés? Yo no era así.» (Arlt, págs. 125; 127) Este personaje tuvo la mala fortuna de haber nacido hombre, o también la mala suerte de, a pesar de no haber nacido mujer, sentirse como tal.

Y, sin embargo, el protagonista no para de recordarnos lo fácil que es mantener dos creencias contradictorias a la vez. Quizás, el doble piensa[14] orwelliano no debe ser inducido, sino que es una falla estándar en la psiquis humana. «Yo ahora era un hombre libre, ¿y qué tiene que ver la sociedad con la libertad? Yo ahora era libre, podía hacer lo que se me antojara… matarme si quería… pero eso era algo ridículo» (Arlt, pág. 99) «Más que nunca se afirmaba la convicción del destino grandioso a cumplirse en mi existencia. Yo podía ser un ingeniero como Edison, un general como Napoleón, un poeta como Baudelaire, un demonio como Rocambole» (Arlt, pág. 112)

¿Está realmente Silvio diciendo que él tiene la libertad de convertirse en cualquiera de estos hombres ilustres? Nosotros sostenemos que, si bien esa puede haber sido su experiencia subjetiva, y si bien en el momento en el que pensaba la pluralidad divergente de su potencial no había sido expresada aún en un destino certero, al igual que el gato de Schrödinger[15], una vez observado el resultado de su experimento (o una vez llegada la edad, en el caso de Silvio), su destino habría sido uno o el otro. Así como el observador decantaría las posibilidades del gato para hacer que aparezca vivo o muerto (ya no ambas a la vez), llegado el momento Silvio sería el ingeniero o el general o el poeta o el demonio, pero nunca podría haber sido otra cosa desde el principio. Siempre habría sido su destino ser lo que fue, a pesar de que su camino, como el del resto de nosotros, se hace al andar, y nada es cierto desde la salida.

A pesar de que el destino y la libertad son temas recurrentes en esta obra de Roberto Arlt, nosotros creemos que, basados en los contextos en los que se nombra la libertad durante el escrito, ésta se usa como un recurso para plantear la ironía de nuestros axiomas libertarios. El protagonista se construye a lo largo de la obra una personalidad fatalista con respecto a su vida puerca[16] y su futuro, plasmado en las fantasías que tenía con respecto a convertirse en un hombre admirable y en sus reflexiones acerca de su probable futuro como un hombre aún pobre. En sus reflexiones pesimistas se plasma cierto romanticismo existencialista, un atisbo de la angustia que le provoca su condición deplorable. «No me importa no tener traje, ni plata, ni nada […] lo que yo quiero es ser admirado de los demás. […] pero esta vida mediocre… ser olvidado cuando muera, eso sí que es horrible. […] Sin embargo, algún día me moriré, y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre, y yo estaré muerto, bien muerto… muerto para toda la vida» (Arlt, pág. 114) A menudo, nos hace entender, que su furia no es para con su suerte, ni su madre, ni sus empleadores. Silvio expresa incansablemente su odio contra la vida misma, sus inherentes injusticias, el simple hecho de vivir en un mundo tal es, para él, una tragedia. Como lo señalaría Dostoievski, «El dolor y el sufrimiento son siempre inevitables para una gran inteligencia y un corazón profundo[17]» (Dostoievski, 237)

Los argumentos y evidencia a favor de la pérdida de la libertad de pensamiento y acción en algunos casos es ciertamente convincente, pero estas son instancias aisladas y raras, ¿no? Aquellos que no tuvimos una lobotomía ni un tumor en una zona muy específica del cerebro tenemos, entonces, libre albedrío. Este es un argumento bastante común de los que están familiarizados con el corpus de teoría de relación entre mente y cerebro. Sin embargo, esta es la respuesta, y es la base de por qué realmente creemos que, más allá de una proposición filosóficamente interesante, el determinismo tiene la razón. Antes de adentrarnos más en los argumentos en sí, le pediremos a nuestro lector que intente considerar el determinismo como una posibilidad, y que los argumentos y personas que lo defienden no se basan en suposiciones erróneas ni mala ciencia. Considérelo, si así lo desea, un experimento filosófico, donde este escrito intenta convencerlo de mirar al mundo de una manera que hace unos días hubiera pensado absurda.

Comenzaremos con una suposición completamente razonable: nuestras acciones están guiadas al menos en gran medida por nuestros deseos, emociones, fisiología y creencias (principios, valores, ideas, etc.). Para dar un ejemplo extremadamente simple (aunque podría extrapolarse a cualquier decisión), el hombre come helado porque desea sentir el gusto dulce, se siente triste (o quiere sentirse más feliz), su cuerpo está adaptado evolutivamente para buscar alimentos de alto contenido calórico, y comer el helado no va contra sus principios. Entonces, el hombre se come el helado.

Ahora bien, lo más probable es que usted piense que todas estas características que impulsan su acción son parte suya, y por lo tanto, en última instancia dentro de su control. Pero, tomemos primero los deseos: ¿por qué deseas (asumiendo su heterosexualidad), por ejemplo, a personas del sexo opuesto de manera sexual? A usted le parecerá natural, pero también podría ser homosexual o asexuado, en cuyo caso sentiría lo mismo que siente ahora: simplemente lo deseo así. ¿Tiene poder de decidir lo que desea? La respuesta es simplemente un rotundo no. Si a usted no le gusta la ensalada no puede convenientemente decidir que comience a gustarle si está buscando bajar de peso, o, si está desaprobando una materia no puede convenientemente decidir que le guste sentarse a estudiar en lugar de ver televisión. Eso está simplemente más allá de su control. Una vez consciente de este hecho, uno podría tratar de hacer algo que simplemente no le gusta para «probarle al destino que puede contener sus impulsos», pero entonces estaría actuando una vez más de acuerdo a sus deseos, porque el deseo de probar que no todo está predestinado sería, en este caso, mayor que el deseo de evitar aquello que aborrece. De esta manera, actuar según sus deseos (los cuales no puede controlar) y afirmar que «puedo actuar libremente y por tanto hago lo que deseo», sería como que un río sea consciente y afirme «yo soy libre de dirigirme en la dirección que me plazca, y simplemente deseo dirigirme hacia abajo». Nosotros, como el río, hacemos lo que queremos, pero dado que no podemos controlar aquello que deseamos, no podemos afirmar, en última instancia, que estamos en control de nuestras decisiones.

Para aclarar esta expresión de «hacer lo que uno quiere hacer», no me refiero a la clásica distinción de: «estoy estudiando, aunque preferiría ver televisión» (en cuyo caso se implica que uno desea ver televisión más que lo que desea estudiar). Esto es simplemente un error en lo que creemos que es el deseo. En ese caso, nuestro deseo de estudiar es en realidad mayor que el de ver televisión porque preferimos, en última instancia, invertir unas horas de nuestro tiempo para la recompensa (aprobar la materia), en lugar de gastar esas horas divirtiéndonos. Esto no quiere decir que nos guste más estudiar a ver televisión, sino que preferimos (o deseamos) sacrificar lo que nos gusta hacer en este instante por una recompensa mayor a largo plazo. Si nuestro deseo más fuerte fuera efectivamente ver televisión, simplemente dejaríamos de estudiar, porque poniendo ambas acciones en la balanza metafórica, preferimos el entretenimiento antes que una buena nota en el futuro. De esta forma podemos darnos cuenta de que, en efecto, siempre actuamos impulsados por nuestros deseos, incluso cuando pareciera que hacemos algo «por obligación». Como este concepto es muy difícil de explicar (y entender), permítame proveer otro ejemplo más claro:

Un adolescente que odia ir al colegio va al colegio cada mañana. Si bien podría decirse que él está obligado a ir (y por tanto estaría actuando en contra de sus deseos), la realidad es que su deseo de no confrontarse a sus padres o a las autoridades es mayor que su deseo a no ir al colegio. O, quizás, si es un adolescente ligeramente más despierto, su deseo de graduarse para tener más posibilidades de empleo en un futuro es mayor que su impulso a no despertarse para ir al colegio en la mañana. Este adolescente podría teóricamente apuntarle a sus padres con una pistola en la cabeza y decirles que dejará de ir al colegio y si ellos se oponen los matará, pero eso, supongo que afortunadamente para todos los estudiantes supondría ir en contra de sus principios, y por consiguiente en contra de sus deseos.

Podríamos proveer ejemplos y razonamientos extensos para cada uno de los impulsores de la decisión y la acción en seres conscientes: el deseo, las emociones, la fisiología y las creencias. Pero espero que al haber indagado en los deseos se imaginen los argumentos para expresar cómo estos cuatro parámetros nos influyen, y sin embargo nosotros no podemos controlarlos, por lo que lo que nos hace actuar, si bien son causas internas, no se encuentran bajo nuestro control. No controlamos nuestras decisiones.

Simplemente para no dejar tres cuartas partes del argumento a la imaginación del lector, permítanos explayarnos un poco:

Nuestras emociones, si bien podemos intentar esconderlas o expresarlas, no podemos hacer que aparezcan o desaparezcan. Al igual que con el deseo, no podemos simplemente decidir sentirnos felices si padecemos de depresión crónica, y no decidimos enfurecernos si, por ejemplo, alguien habla mal de nosotros. Simplemente nos enfurecemos o no. ¿Por qué hay veces en las que algo nos enfurece y otras en las que la misma situación nos es indiferente? ¿por qué distintas personas responden con diferente intensidad en sus emociones a el mismo estímulo? Ni nosotros, ni ellos, son responsables del grado al que se manifiestan sus emociones, las cuales obviamente influencian nuestras acciones (por ejemplo, tener depresión probablemente resultará en no querer salir de tu casa, o en casos extremos puede incluso conducir al suicido).

De la misma manera, no somos responsables de nuestra fisiología (y características biológicas en general), por ejemplo, estar hambrientos puede llevar a peores decisiones y menor control sobre los impulsos. Para nombrar un ejemplo notable, se documentó científicamente[18] [19]con más de mil casos en Israel, que los jueces al iniciar el día tenían un 65% de chances de otorgarle libertad condicional a los prisioneros. Sin embargo, a medida que corría el tiempo y se sentían más fatigados, este porcentaje bajaba precipitosamente hasta aproximarse a 0%. Lo interesante, es que justo después de almorzar, las chances volvían al 65% inicial, y volverían a bajar durante el transcurso de la tarde. ¿No les nubló la visión y alteró sus decisiones a los jueces su propia fisiología? (además del ejemplo dado, esta categoría comprende todo desde enfermedades agudas hasta genética).

Por último, las creencias puede que sea el factor más obviamente fuera de nuestro control. Una persona atea no puede simplemente decidir comenzar a creer en el Dios cristiano. Simplemente no cree en ello, y esto funciona también al revés, una persona religiosa no puede forzarse a no creer en su religión (para lo cual también el determinismo geográfico no tardaría en resaltar que uno es cristiano por haber nacido en una comunidad donde rige esa religión, o es judío porque su madre lo era, o es islámico porque vive en el medio oriente, o ateo por una razón similar a las anteriormente enunciadas, ¿y por qué no cree en la mitología nórdica? Por el lugar y período histórico en el que de casualidad existe. Todos factores de los que uno depende, y sin embargo no tuvo la oportunidad de decidir). Incluso si una persona atea de repente quisiera convertirse al cristianismo, y efectivamente comenzara a creer en Dios, la pregunta sería, ¿por qué precisamente ahora? ¿qué es lo que hizo que desearas convertirte hoy, y no hace cinco meses o dentro de diez años? Simplemente comenzaste a querer: el pensamiento apareció en tu cabeza, o alguna situación externa te hizo cambiar de parecer (todas cosas por las que no puedes asumir responsabilidad). Y hablando de pensamientos, estos sí están bajo nuestro dominio, ¿no? Después de todo son nuestros pensamientos.

De nuevo, no. No queremos ser repetitivos, pero esta es realmente la última pieza del engranaje del pensamiento racional, que nos permitirá entender el argumento que mantiene al determinismo, así que preste atención:

Los pensamientos simplemente aparecen en su consciencia. Usted no es responsable por sus pensamientos. ¿Sabe qué es lo próximo que va a pensar? No. La realidad es que para usted, el origen de sus pensamientos son un misterio como lo es lo próximo que está por leer. Como lo explica el neurocientífico Sam Harris: «Thoughts just emerge in consciousness. We are not authoring them, that would require that we think them before we think them[20]-[21]».

Por último, y para concluir los argumentos a favor del determinismo, piense: si los factores que alteran nuestros pensamientos están fuera de nuestro control, y nuestros pensamientos en sí no son algo que podamos decidir tener o no tener, cuándo tenerlos o qué pensar, ¿Cómo podemos aseverar que son nuestros pensamientos, por lo tanto nuestros deseos, nuestros impulsos y nuestras acciones? De nuevo, esto no implica que haya una «voluntad mayor» que crea estos pensamientos o guía nuestras acciones, sino que, decir que somos realmente libres de tomar la decisión que queramos es tan absurdo como decir que las nubes son libres de moverse hacia donde deseen, siempre y cuando deseen moverse con el viento.


Determinismo, motivación y atribución de culpa

     ¿Pero cómo podríamos erradicar esta creencia que ha crecido en el pensamiento humano como una secuoya sin corromper los cimientos de la moral, sin destruir permanentemente el incentivo que tan poderoso es para guiarnos? ¿Deberíamos hacerlo? ¿Es prudente administrar indiscriminadamente la píldora roja que despierta de «la mátrix[22]»? ¿Es acaso mejor agria realidad antes que la dulce mentira? ¿Pero qué constituiría la ruptura de este velo, la muerte de nuestro verdadero Dios? Porque «Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo vamos a consolarnos los asesinos de los asesinos? Lo que en el mundo había hasta ahora de más sagrado y más poderoso ha perdido su sangre bajo nuestros cuchillos, y ¿quién nos quitará esta sangre de las manos? […] ¿No es muy grande para nosotros la magnitud de este hecho? ¿No tendríamos que convertirnos en Dios para resultar dignos de semejante acción?[23]» (Nietzsche, La Gaya Ciencia)

¿Pero qué legado nos dejó este Dios a nosotros mortales? Él nos mostró el futuro, y nos dijo que trabajaríamos con el sudor de nuestra frente. Lo que no nos dijo es que seríamos olvidados, que nuestras acciones serían simplemente lo que siempre debió ser y nuestra libertad y mérito son, en realidad, producto de nuestro engañoso sentido del yo. Supongamos la situación en la que se encuentra Silvio Astier, el protagonista de El Juguete Rabioso: era un chico pobre, que tuvo que dejar de estudiar para que su familia coma y su hermana pueda estudiar. Era una mente brillante, pero su situación socioeconómica nunca le permitió triunfar en su vida y desarrollar sus habilidades intelectuales. Ahora considere una situación diferente: Silvio nace en una familia adinerada, con ambos padres presentes y el mismo intelecto y ganas de sacar el mayor jugo posible de la vida. ¿Ven la diferencia? ¿Podemos racionalmente aseverar que estas dos situaciones difieren en algún sentido por algo más que las aras del destino o condenada suerte? ¿Cómo defendemos entonces la prevalencia del pensamiento meritocrático en la sociedad actual?

Ahora, imagine la situación inversa: Silvio es hijo de una familia adinerada, pero tiene la mala suerte de tener una inteligencia notablemente por debajo del promedio (digamos, un coeficiente intelectual de 60 puntos, casi tres desviaciones estándar por debajo del promedio mundial, lo que equivale a un percentil 0,3[24] –cosa que hoy sabemos está determinado genéticamente de un 60% a un 80%[25]-[26]), Silvio tiene todas las posibilidades socioeconómicas de llevar una vida saludable, pero, de nuevo sin culpa propia, es víctima de una extremadamente infortunada mezcla genética, padecerá de retraso madurativo e incluso tendrá dificultad desarrollando habilidades lingüísticas básicas[27].

¿Creés que esta persona hipotética realizó una mala acción o que de alguna manera merecía este terrible detrimento a su vida? Oh, pero si este Dios ha sido bondadoso, nos llenó de valores, y nos creó como seres morales, nos dijo que el que peca así decide hacerlo, que el ladrón es malvado y no víctima de sus circunstancias y su carácter intrínseco. Pero ahora que Dios finalmente ha muerto, ¿qué implicancias conlleva esto para nosotros, víctimas de la caducada libertad? Por supuesto, no hay que confundir la aserción de que la vida de las personas es desafortunadamente producto de cosas fuera de su control, como su genética, su entorno, su crianza, su personalidad y propensidad a la violencia (y que por tanto nuestro papel en la creación de nuestro propio camino y nuestro mérito o culpa por cualquier decisión es nulo sino ínfimo); con la aserción de que todos tenemos un destino prefijado por alguna fuerza sobrenatural con un plan mayor, que de alguna manera «debemos cumplir», o de que alguna deidad o fuerza omnipotente universal planeó cuidadosamente un camino sobre el que cada uno debe caminar, de que existe un propósito inherente a la vida o una finalidad a nuestra existencia. ¡Y cómo les muestra la espalda la fortuna de la vida a tanta gente no merecedora de tan vil castigo! «Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad» (Arlt; 2013: 64)

Entendiendo que las personas desafortunadas no tuvieron un decir en las cartas que les proporciona la vida, y que nuestro futuro podría ser trágico como lo es el de muchas personas sin mucho que podamos hacer para cambiarlo, ¿Cómo cambia esto nuestra propensión a querer mejorarnos a nosotros mismos como así también nuestras circunstancias? ¿Acaso esta severa aserción no destruiría la razón por la que nos sacrificamos y esforzamos diariamente, por la que luchamos por un «futuro mejor»? No realmente. Si entretenemos la idea determinista que estamos intentando explicar, no querría decir que incluso si una persona se esfuerza, trabaja y se sacrifica caerá en las garras de su destino prefijado de todos modos y no progresará porque «así son las cosas». En cambio, lo que proponemos es que la decisión misma de esforzarse o no esforzarse, de trabajar o no trabajar, se da en gran medida por tanto la genética del individuo (lo cual define rasgos como su inteligencia, personalidad, capacidad de concentrarse y soportar el estrés, su creatividad y su resistencia a emociones negativas, etc.), la posición socioeconómica de sus padres (lo cual indudablemente le da una ventaja en cuanto a oportunidades e incluso mentalidad sobre el ahorro y la inversión), sus personas cercanas e incluso posición geográfica (obviamente, las posibilidades de un mozambiqueño son radicalmente diferentes que aquellas de un estadounidense, incluso si ambos se encuentran en las mismas circunstancias económicas).

Como podrá apreciar, todas las características de un individuo hipotético que fueron nombradas no son producto del mérito del individuo en sí, sino las supuestas decisiones de sus padres. ¿Pero qué hace que, mientras que unos padres les proporcionen todo lo necesario a sus hijos para crecer, quizás otros padres en las mismas circunstancias maltraten a sus hijos hasta el punto de causarles daño psicológico irreversible?

Analice las siguientes situaciones:

1) Los padres de Silvio son personas íntegras, forman a su hijo para ser una persona moral y trabajadora. Sin embargo, Silvio de grande acaba asesinando a su esposa.

2) Los padres de Silvio son personas íntegras, forman a su hijo para ser una persona moral y trabajadora. Sin embargo, Silvio acaba asesinando a su esposa. Un tiempo después, se encuentra en la corteza orbitofrontal de su cerebro un tumor del tamaño de una pelota de golf. Una vez extirpado quirúrgicamente, sus tendencias psicopáticas desaparecen completamente.

3) Los padres de Silvio nunca se preocuparon por él, mientras crecía, éstos se drogaban diariamente y lo maltrataban a menudo. Silvio crece y mata a su esposa.

4) Los padres de Silvio siempre lo trataron de la mejor manera, pero su padre desafortunadamente acabó desarrollando un brote psicótico paranoico durante al cual, en una confusión extrema, asesina a su esposa en frente de su hijo. En gran medida debido a esto, su hijo desarrolla una personalidad fragmentada, y crece para convertirse en el mismo criminal.

Ahora bien, razonablemente, uno tiende a atribuirles distinta magnitud de culpa a los diferentes personajes de estas historias por el mismo resultado: Silvio convirtiéndose en un criminal. Sin embargo, ¿Qué tan justificada es esta diferencia en culpa atribuida desde un punto de vista completamente racional?

Analice la primera situación. En este caso, es natural que depositemos la culpa en Silvio, pues no tenía ninguna razón aparente para cometer crímenes más tarde en su vida, ¿pero es esto realmente así? Tome en cuenta la segunda situación. Es aparente, en este caso, que Silvio simplemente fue una víctima de sus circunstancias, y que una causa fuera de su control creó las condiciones para que esta persona de bien cometa un acto reprensible. Una vez curada la causa de su malicia, él vuelve a la normalidad, y se arrepiente profundamente de sus actos. ¿Sería correcto culparlo y castigarlo por el asesinato de su esposa? Ahora bien, volvamos a la primera situación. Digamos que se identifican científicamente una variedad de genes que generarían en el individuo una conducta extremadamente violenta y una tendencia inequívocamente psicopática, y que Silvio es el pobre recipiente de estos genes. ¿Sería correcto juzgarlo tan severamente como lo habríamos hecho antes de saber la causa de su malicia ahora que sabemos que él también es víctima de sus circunstancias, y que nosotros nos hubiéramos comportado de la misma manera de ser poseedores de estos genes? Además, ahora imagine que tras muchos años de desarrollo científico encontramos una cura, la misma cura para la maldad humana de la que hablamos anteriormente, una forma de instantáneamente desactivar estos genes y curar su vil actitud, ¿acaso no se asemeja ahora mucho más al primer caso? ¿Sería correcto castigar a esta persona, digamos, con pena de muerte, en lugar de simplemente aislarlo para que no cause más daño a otros hasta administrarle la correspondiente cura? Pero más allá del hecho de que en este caso sería más fácil perdonar al asesino por sus acciones, ¿cómo saciará su natural sed de venganza la familia de su difunta esposa?

En el tercer caso, el resultado es el mismo: la esposa de Silvio es asesinada. Sin embargo, ahora podríamos identificar a los padres del futuro asesino como la causa real del crimen. Ellos maltrataron a su hijo y él acabó haciendo lo que hizo. Pero, de nuevo, espero que a esta altura de la monografía ya pueda predecir lo que voy a decir: los padres de Silvio se volvieron drogadictos porque no tuvieron alternativa (dado que la adicción es fuertemente genética[28], estos padres a su vez puede que hayan crecido en un ambiente realmente desfavorable[29] y un millar de otros factores), y entonces, ¿sería justo culparlos a ellos por la muerte de la mujer, siendo que de no haber sido influenciados por estos factores determinantes probablemente no habrían maltratado a su hijo?

Lo mismo ocurre con el cuarto caso. El brote psicótico de su padre está realmente tan fuera de su control como su adicción a las drogas en el tercer caso (siendo que también existe una predisposición genética, y obviamente nadie puede «decidir» volverse loco[30]), y sin embargo la mayoría de nosotros les atribuiría distintos niveles de culpa a ambos. Juzgamos más al padre drogadicto que al padre psicótico, a pesar de que ninguno eligió su destino y ambos hirieron la personalidad de su hijo, resultando en el mismo crimen.

¿Cómo deberíamos cambiar entonces nuestra noción de culpa o mérito siendo que es tan natural e intuitiva para todos?


Destino y el vértigo de la libertad

      Si bien en nuestra sociedad moderna solemos tratar a la ansiedad como una enfermedad, una dolencia psicológica comparable con la depresión o la paranoia; Kierkegaard proponía una visión completamente diferente[31]. Para él, la ansiedad era una emoción intrínseca y característica del ser humano porque somos la única especie que, por suerte o por desgracia, reconoce que el futuro es incierto y que cada persona es artífice de su propio destino. Reconocemos, entonces, que nadie tomará las decisiones por nosotros y que podríamos arruinar nuestros sueños si así lo deseáramos. Esta ansiedad kierkegaardiana es, en realidad, el sentimiento subconsciente de que tenemos el poder de generar gran daño, es el vértigo que se siente estando cerca de un precipicio, el miedo no a caerse sino a tirarse intencionalmente. Entonces, ¿cómo podría la contemplación de nuestra indiscutible libertad crear en nosotros esta ansiedad tan inextirpable? ¿No sería esta ansiedad en realidad un alivio, ya que significa que estamos en control de tomar las decisiones que queramos?

Antes de comentar sobre esta representación de la ansiedad, propondremos una alternativa: la ansiedad del espectador.

Todos conocemos muy bien las historias en las que un buen hombre, honorable, trabajador, íntegro e inteligente acaba siendo víctima de malas circunstancias. Incluso cuando creía que llevaría una buena vida, un evento trágico le hunde en la más profunda de la desesperación. La pérdida de un ser querido, quizás, la destrucción de su futuro por mala suerte, o una enfermedad terminal a una temprana edad. ¡Qué injusta puede ser la vida! Pero eso no es lo que más odiamos, sino nuestra aparente incapacidad de resguardarnos de tan cruel dragón metafórico. Somos como el caballero anacrónico que arquetípicamente[32] se enfrenta a su destino, su dragón invencible, y no puede presentarse a la batalla de su vida con yelmo ni escudo. ¿No somos demasiado ingenuos al creer que nada malo nos pasará?

Por el contrario, en lugar de sentir ansiedad por nuestra libertad, creemos que sentimos esto debido justamente nuestra sensación de que quizás no tenemos tanto control sobre nosotros mismos como creemos tener, y nuestra incapacidad de resguardarnos de un posible futuro trágico nos aterra. De esta forma, el miedo que sentimos cuando nos acercamos a una terraza no sería producto de nuestro miedo a nuestra libertad y nuestra posibilidad de saltar, sino más bien a que algo sobre lo que no tenemos control, como nuestros impulsos, nos obligue a saltar, y veamos a medida que caemos y el suelo se acerca a nosotros, como un espectador que ve una película de terror grabada hace años, cómo aquel destino que con tanta impotencia quisimos evitar fue siempre tan certero, y tan inevitable que no merecía la pena ser vivido. «Iré por la vida como si fuera un muerto. Así veo la vida, como un gran desierto amarillo. […] Hace un momento me pareció que lo que había hecho estaba previsto hace diez mil años; después creí que el mundo se abría en dos partes, que todo se tornaba de un color más puro y los hombres no éramos tan desdichados» (Arlt; 2013: 181)


Amor fati y el eterno retorno: ¿qué constituye una buena vida?

     Si bien las conceptualizaciones de una buena vida han cambiado junto con el paradigma social al pasar los años, e incluso tomando en cuenta que todos tenemos un modelo diferente en lo que concierne una «vida ideal», nosotros creemos que se pueden establecer ciertas características que son comunes a virtualmente todas las definiciones de una buena vida. Para agruparlas todas sin necesariamente nombrarlas individualmente, tomemos como modelo la teoría filosófica nietzscheana del eterno retorno[33]. Según ésta, la vida de cada persona no es más que un bucle, y una vez que muere volverá a nacer como exactamente la misma persona, en exactamente las mismas circunstancias. Según el filósofo, solamente el superhombre[34] se alegraría de conocer este hecho, y se regocijaría en la oportunidad de que todo se repita, y sea tan grande como lo es ahora, y amaría al destino por haberlo metido en este bucle virtuoso, ya que podría disfrutar de la posibilidad de ser él mismo ahora y siempre. Por el contrario, el hombre ordinario, mediocre, el hombre que no ve otra salida de su vida que la mismísima muerte, «el último hombre[35]», o el hombre platónico[36] en su concepción de su vida como la prisión de su alma; él maldecirá al destino por haberlo sentenciado a tan vil futuro, a sufrir una y otra vez la insuficiencia que le destinó la vida.

Se hace evidente, entonces, que este experimento filosófico es una buena forma de al menos acercarnos comprensivamente al concepto de una buena vida, o al menos una vida con una cantidad soportable de sufrimiento, una vida, quizás, digna de ser vivida repetidas veces. En las palabras del filósofo, «¿no te tirarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablara? ¿O vivirías un formidable instante en el que serías capaz de responder: “Tú eres un dios; nunca había oído cosas más divinas”?» ¿No sería la primera reacción la norma en lugar de la excepción? ¿Pero cómo podremos soportar este hecho siendo que el potencial de cambiar el rumbo de nuestras vidas es tan arbitrario como nuestras vidas en si mismas?, ¿cómo aguantar la incertidumbre que caracteriza a la vida haciéndola a ésta aún más incierta, sabiendo que el futuro puede depararnos una vida de felicidad eudaimónica tanto como una tragedia shakespeariana, y que no tenemos el poder de influenciar el resultado? Si bien Nietzsche muchas veces es comparado a Schopenhauer por su crítica pesimista de la condición humana, creemos que, si bien es una opinión medianamente acertada, no es del todo cierta. Así como Nietzsche propone al superhombre como solución al hombre mediocre; él nos introduce al amor fati[37] como enmienda a la tragedia del eterno retorno. Pero ¿es realmente el amor al destino una herramienta para vivir más felizmente, u otro opio de los pueblos[38]? ¿No puede llevar esta filosofía a andar sobre el camino de servidumbre[39] y conformismo? ¿pero cuál, si no, sería la alternativa, siendo que a nuestra libertad le aquejan tantas restricciones? ¿maldecir nuestro destino y nuestra suerte?

Sin ir más allá e introducirnos en teorías cosmológicas de la vida y el universo, consideremos el siguiente extracto: «Pensé: “Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré: ‘tenés que trabajar, yo no te puedo mantener’. Así es la vida”.» (Arlt; 2013: 66). No hace falta dedicarle mucho pensamiento a esta oración para darse cuenta de que este no es el caso para todas las familias de orígenes humildes, pero ciertamente, es notablemente más probable permanecer debajo de la línea de pobreza si uno inicialmente nace debajo de la línea de pobreza. «El 90% de los que nacen pobres, mueren pobres por inteligentes y trabajadores que sean y el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, por idiotas y haraganes que sean. Por ello, deducimos que “el mérito” no tiene ningún valor[40]» (Stiglitz). Si bien estas estadísticas son desalentadoras, analizaremos posteriormente otro punto de vista y otras fuentes de conocimiento a propósito de la pobreza y la movilidad social[41].

Volviendo a la concepción de una buena vida, podríamos decir que una gran cantidad de personas viven vidas –al menos desde su propia experiencia subjetiva—miserables. ¿Es mejor para ellos vivir que no vivir? ¿Puede ser el sufrimiento humano tan grande que las personas prefieran no vivir en absoluto? Dado algunos se suicidan, es completamente razonable decir que este es el caso. Es ridículo que tantas personas vivan miserablemente hasta el día en el que dejan de hacerlo, pero, contrario a la concepción nietzscheana del último hombre que nombramos anteriormente como una persona mediocre y despreciable, entenderíamos ahora que simplemente es una persona desafortunada. Su vida para nada remarcable, su inhabilidad de destacar en absolutamente nada, su rencor hacia la vida… Todas estas características que no eligieron ni merecen… «Creo que los hechos se producen porque sí y que debemos adaptarnos a ellos sabiamente» (Mujica Láinez; 2005: 195) ¿Por qué tantos de los cuentos de este libro acaban en tragedia? Nosotros creemos que, en parte, es un producto de la tendencia del autor a temerle al futuro. En su temor, su ansiedad del espectador, Manuel Mujica Láinez intenta atraer un destino mejor con la ayuda de videntes y amuletos, buscando señales y obedeciendo. «—Sí, cada vez estoy más supersticioso… […] lo que sí sé es que dejaré Córdoba para instalarme otra vez aquí… Consulté el otro día a un vidente buenísimo y sale por todos lados la mudanza[42]» (Mujica Láinez, 1975)


Catarsis como método de preparación para la tragedia

     Hemos discutido la idea de que no tenemos libre albedrío, el hecho de que muchas personas no viven una vida digna de ser vivida, y la ansiedad que nos provoca entender que estos dos hechos significan una sola cosa: si el futuro nos depara tragedia, no hay forma de cambiarlo. ¿Cómo podemos procesar este hecho desde la frágil naturaleza psicológica que nos caracteriza?

Como podrá anticipar por el título de esta sección, en respuesta al título de la monografía en su totalidad, creemos que en vista de una realidad determinista las mejores alternativas al sufrimiento que supone la vida son la catarsis, la aceptación y el amor fati.

Profundicemos sobre estos conceptos:

Friedrich Nietzsche pasó gran parte de su vida obsesionado con la cultura de la antigua Grecia. Más específicamente, él se llamaba «el último seguidor de Dionisio», y mantenía que parte de la grandeza de esta cultura se debía a la aceptación de la población de la tragedia, y que la mala fortuna no es necesariamente una elección o el destino de aquellos merecedores. En cambio, las representaciones teátricas griegas siempre se encargaron de transmitir este conocimiento a la gente, y así crearon una población estable, resiliente, que acepta el fracaso como una parte íntegra de la vida de cada gran hombre. Es por esto por lo que Nietzsche, queriendo enmendar las falencias de los pueblos germánicos (y con el orgullo europeo que le caracteriza), intentó crear numerosos eventos públicos en los que se escucharía música de Wagner para crear este fenómeno de catarsis en la población[43]. ¿Qué tienen en común la música clásica, el psicoanálisis de Freud, el romanticismo del siglo XVIII, una película de drama moderna, Hamlet, las epopeyas e historias trágicas griegas, los escritos de Schopenhauer, Kierkegaard, Camus, Nietzsche y Colin Wilson? Son todos medios por los que el corazón humano se libera de su carga, de su ansiedad y de su angustia. Son formas artísticas que nos recuerdan la fragilidad de la integridad de una vida humana. Nos recuerdan que, quizás, no sea el hedonismo sino el estoicismo lo que debería guiarnos a través de las dificultades que necesariamente acarrea la vida. Como dijo Jordan Peterson en una de sus Biblical Lectures[44]: «Pick up the heaviest cross you can carry and struggle uphill[45]».

«Y así es la vida. Quejarse siempre de lo que fue. Con cuánta lentitud caían los hilos de agua. Y así es la vida»

Quizás pueda parecer demasiado pesimista una visión determinista de la vida, pero «Scientifically –deterministically­– there is nature and there is culture, and you are the deterministic product of the interaction between nature and culture. There’s nothing else to you tan that[46]-[47]» (Peterson) Sin embargo, los humanos siempre supimos adaptarnos a los nuevos descubrimientos que presentaban evidencia opuesta completamente a nuestros sentidos e intereses. Esta vez, no tenemos alternativa. Debemos aceptar nuestro destino con sus insuficiencias, su dolor y su pérdida; y entender nuestro pasado de una manera menos hostil hacia nuestros errores y limitaciones, porque ahora sabemos que, de todos modos, lo que hicimos es lo único que podríamos haber hecho y fue siempre lo único que debimos hacer.


Justicia a falta de libre albedrío

     Uno de los principales problemas que salen a flote cuando se considera el determinismo es que nuestro sistema judicial está predicado sobre las nociones de culpa y mérito, y parece entretenerse con la idea que uno puede estar en situaciones en las que tiene más o menos control sobre sus acciones; por ejemplo, la distinción en pena promedio si uno mata a su pareja inmediatamente tras encontrarla engañándolo (crimen pasional), y el asesinato premeditado de su pareja dos meses después de enterarse del engaño (asesinato premeditado). En el primer caso, se considera que una persona puede tener menor control sobre sus acciones dada la circunstancia, mientras que en el segundo se reconoce la voluntad asesina del sujeto y la planificación deliberada del crimen.

Para introducir otro ejemplo, hay que entender que, sabiendo que una persona violenta no tiene la culpa de serlo como una persona apacible tampoco, la idea de que las cárceles deberían castigar a sus ocupantes en lugar de simplemente aislarlos e intentar rehabilitarlos de repente aparenta ser reprensible. «If the guilty are not morally culpable then justice, in its traditional sense, ceases to be the foundation of the judicial system[48]» (McEvoy, 2010). ¿Cómo podemos entonces reconciliar a la justicia, la moral y nuestro sistema judicial actual? ¿y será capaz esta racionalización del crimen y la malicia humana de cambiar la forma en la que las personas ven a los criminales? ¿es razonable pedirle a la familia de la víctima de un asesino serial que reconsidere al criminal como víctima de su biología y sus circunstancias? ¿sentiría realmente esta familia que se ha hecho justicia de saber que el criminal culpable de acabar con uno de sus seres queridos no está siendo castigado por sus acciones? Después de todo, somos seres emocionales que razonan[49], y actuar contra nuestros instintos y emociones sería, paradójicamente, poco razonable.

Además, ¿qué implicancias prácticas tendría convertir a las prisiones en sitios más amenos, en los que la única diferencia con el exterior sea la privación de la libertad y la vigilancia constante? ¿Actuaría de manera diferente la misma persona sabiendo que una violación grave de la ley conlleva, por ejemplo, la pena máxima –la pena de muerte– en lugar de un traslado una prisión de rehabilitación? Nosotros creemos que sí. ¿Robaría un chocolate de un kiosco sabiendo que de ser detenido perdería la mano? Todo se trata de riesgo y recompensa; y aunque, desde una visión determinista de la voluntad humana sería reprensible quitarle la vida a una persona que incurre en crimen, desde un punto de vista utilitarista[50], ¿no sería la virtud del hecho (intentar desalentar a futuros criminales) más grande que la injusticia?

En este sentido, si bien la culpa y el mérito serían vistos simplemente como mala lógica o razonamiento ilusorio, deberíamos reconsiderar la eliminación de los sistemas de castigo. Desde luego, más allá de si el determinismo es real o no, un asesino debe ser encerrado como mínimo para evitar reincidencia –y no debemos entretenernos con elaboradas concepciones filosóficas de la realidad cuando no podemos dominar el mundo concreto—, pero, la pregunta sería si castigar a los criminales desalentaría el crimen. Incluso si lo hiciera, ¿es moral robarle una vida digna a alguien que tuvo la mala suerte de nacer hombre[51], tener una genética desfavorable[52], un ambiente que ayudó en el detrimento de su carácter y malas relaciones con otros? Sería sacrificar injustamente a unos pocos para salvar a otros. ¿Y por qué? ¿Tirarías de la palanca para desviar el curso del tren que se acerca a toda velocidad a un grupo de diez personas si con esto lograrías que el tren mate solamente a cinco[53]? ¿No te odiarías entonces por la sangre de cinco personas que difícilmente se borrará de tus manos como el tiempo acrisola la montaña? O, quizás, te sentirías mejor por salvar a cinco. ¿Borraría de tu consciencia el pesar de quitarle la vida a un grupo de personas que habría vivido el hecho de «simplemente haber salvado a más gente»?


Velo de ignorancia: crear un modelo justo para todos

      En vista de estos descubrimientos, uno podría sentirse tentado a crear sociedades extremadamente igualitarias, ya que, eliminadas las nociones de mérito y culpa del panorama moral, ¿cómo podemos defender nuestra integridad moral cuando existe tanta injusticia e infundada desigualdad? Teniendo en cuenta la evidencia científica para probar el determinismo, ¿cuál es el sistema de organización político y económico más justo para la sociedad? Uno se vería tentado, quizás, a responder que el socialismo o el comunismo marxista suponen la forma más igualitaria y comprensiva de distribuir los recursos. Y aunque un sistema igualitario podría parecer lo más justo en teoría, déjennos explicar por qué creemos que no.

Primero que nada, creemos que es importante aclarar que no nos referimos a una mayor igualdad ante la ley. Por supuesto, creemos que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres, los afroamericanos los mismos que los blancos, y los homosexuales los mismos que los heterosexuales. Sin embargo, esto no implica necesariamente una sociedad igualitaria en el sentido que trataremos en este escrito. A lo que nos referiremos, es particularmente a los modelos sociales que promueven la igualdad de resultados, no la de oportunidades.

Por ejemplo, en una sociedad con igualdad ante la ley, todos los habitantes gozarían de los mismos derechos y obligaciones, y sin embargo tendrían diferente suerte tanto apenas comenzada su vida como a lo largo de ésta. En una sociedad (hipotética) con igualdad de oportunidades, todos comenzarían su vida con los mismos privilegios y derechos, pero el mérito de cada persona la llevaría por caminos divergentes la una de la otra, culminando con tanto millonarios como pobres, pero todos partiendo de la misma base. Se hace evidente la imposibilidad de tal modelo, siendo que para que éste se dé debería remplazarse la familia por programas de educación y cría masiva, e incluso deberían eliminarse diferencias genéticas –ya que en estas reside una gran parte de las diferencias interpersonales. A pesar de estas importantes limitaciones, siempre podremos intentar acercarnos a sociedades que provean una plataforma más igual para todos, intentando hacer que los desaventajados alcancen a los afortunados y no viceversa. Por último, una sociedad comunista, sería una que se enfoca en la igualdad de resultados. En dicha sociedad, aportaría «De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades» (Marx), siendo que sin importar el grado al cual tu contribución ayude a la sociedad, a todos les correspondería lo mismo.

Decidimos no entrar en mucho detalle sobre los distintos modelos económicos que rigen el paradigma actual, pero era necesaria esta distinción para al menos crear una hipótesis sobre qué modelo económico sería el más beneficial para la población en general, cuál el mas justo en vista del determinismo, y cuál el más práctico.

No deberían las personas tener que «sufrir para poder ganar algunos centavos, porque así es la vida» (Arlt; 2013: 151). ¿No sería justo de nuestra parte ayudarlos a mantener un nivel de vida al menos digno como el resto de la población, siendo que su infortunada situación social no es el producto de poco mérito sino las aras del destino?

Analicemos entonces la redistribución de los ingresos, ¿ayudan estos a los pobres o es un recurso ideológico de los demagogos?

Teniendo en cuenta lo miserable que puede ser la pobreza, y deslindándole responsabilidad por ella a los pobres, sería razonable asumir que una redistribución masiva de los ingresos es más que justa para intentar solucionar la tiranía intrínseca de la jerarquía económica de la sociedad capitalista. Es uno de los grandes problemas de la sociedad moderna: la pobreza y la miseria. Indudablemente se presentaría el dinero de los afortunados como la mano de Dios entre tanta desdicha. Para que los de poca suerte puedan dejar de pensar: «¿y para vivir hay que sufrir tanto?» (Arlt; 2013: 72).

A pesar de las concepciones filantrópicas de la sociedad que podamos tener, hay cinco grandes problemas sobre la redistribución de los ingresos basada en el determinismo, estos son:

1) No toma en cuenta que la percepción subjetiva de las personas continúa siendo que gana su dinero gracias a su mérito, y los pobres no tienen derecho a sus ganancias tanto como él no tiene derecho a las de Bill Gates.

2) No toma en cuenta que es la mejor forma de precipitar la democracia a la demagogia, dándole la razón a Aristóteles.

3) Podría disminuir el incentivo tanto para aquellos que producen como para aquellos que se benefician de la producción ajena.

4) Mientras que es una gran solución a la pobreza actual, no prueba ser el mejor método de eliminación de la pobreza a largo plazo.

5) Hay que balancear la creación de valor con la apropiación de valor.

1: Si bien sería injusto desde un punto de vista determinista que Silvio Astier tenga que trabajar aún durante su mocedad para mantener a su familia mientras que otra persona esté vacacionando en Dubái, las personas, más allá de teorías filosóficas e hiperracionalizaciones acerca de la atribución de responsabilidad, sentirán que lo que tienen les corresponde, que se lo han ganado. Ellos recuerdan haber tenido que superar grandes adversidades, y haber prevalecido. O haber tenido una gran idea que los propulse a la fama, y haberse enorgullecido. Ellos… nosotros… todos, a decir verdad, nos regodeamos de nuestras victorias y nos avergonzamos de nuestras derrotas. Porque así somos y es natural. Y, entonces, no podemos esperar que un sentimiento tan fuerte y real como el orgullo por haber llegado a donde uno ha llegado sea arrancado de raíz por aquellos filántropos (o demagogos) que regalan, según creemos injustamente, nuestro dinero por el que trabajamos tanto a aquellos que (de nuevo, según se puede creer), no se lo merecen en absoluto.

2: Por supuesto, como dijimos antes, mover dinero de la cima de las jerarquías hacia abajo puede ser el sueño de los filántropos, pero también la mejor herramienta de los demagogos. En una democracia tan imperfecta y polarizada como las que vivimos hoy en día, ¿cómo podemos esperar que la gente vote independientemente de su beneficio personal cuando una persona les promete sacarlos de su penosa situación económica y otra no? ¿Podemos decir que aquellos hambrientos de poder no usarán piel de oveja para infiltrarse en la política a través de los corazones de los inocentes? Homo homini lupus[54] ha sido hasta hoy y seguirá siendo después de mañana. Debemos considerar a esta política no sólo la herramienta de compasión sino también el arma capaz de corromper la democracia.

3: Para exponer el problema de la incentivación de manera muy resumida, ¿Harían el mismo esfuerzo los productores si les quitaran casi todo lo que ganan? ¿Y harían el mismo esfuerzo los menos afortunados si recibieran más de lo indispensable incondicionalmente?

4: Si bien podrá ser una gran manera de mejorar las condiciones de vida de las personas más pobres económicamente a corto plazo, no está claro si es una solución que se pueda mantener exitosamente a largo plazo además de en ciertos países ya desarrollados (especialmente en Escandinavia) que combinan una economía de mercado con un gran estado de bienestar.

5: Es remarcable el caso de países que, bajando su porcentaje de impuestos a la población, acaban aumentando sus ingresos totales. ¿Por qué? Altos impuestos pueden reducir la productividad de la población en general, y la alta productividad acarrea gran crecimiento económico[55].

Para concluir la sección de organización de la sociedad, me gustaría proponer el experimento del velo de ignorancia o velo de desconocimiento, en el que, para aumentar la imparcialidad del pensador, uno se imagina que no ha nacido aún, y que podría nacer en el lugar de cualquier persona del mundo, podría nacer en Estados Unidos o China, Mozambique o Colombia, podría nacer con la inteligencia de Stephen Hawking o con retraso madurativo, pobre o rico, propenso a la violencia o propenso al pacifismo, huérfano o con sus padres biológicos. Las posibilidades son infinitas, y, ¿no es así, después de todo, como llegamos a estar donde estamos? Nosotros no decidimos ninguna de estas características, y sin embargo somos en gran medida hoy el producto de éstas.

¿Cómo organizaría usted la sociedad si asumiera una posición completamente imparcial? ¿Sería capaz de sacrificar el crecimiento económico de los países para proporcionarles una vida más igualitaria a las personas? Incluso sabiendo el desenlace de cada gobierno socialista hasta la fecha, ¿intentaría ser justo o realista? ¿No es demasiado cruel el capitalismo de hoy para con los menos afortunados? ¡Ah, pero la alternativa! Supresión de la libertad que ya tan restringida es, quema de libros, genocidios en masa «por el bien mayor», esclavización, estancamiento, opresión, ¿preferiría vivir en los enriquecidos países capitalistas de occidente o en nuestros «paraísos socialistas»? Venezuela moderna, la Unión Soviética, Corea del Norte, China Maoísta… ¿Vamos a seguir creando tiranías buscando la liberación del sistema actual?

Quizás nosotros pidamos demasiado… justicia… libertad… una buena vida… propósito. Demandamos caprichosos que se arregle la sociedad que nosotros mismos estamos ayudando a construir. Y si bien seguimos progresando hacia un mundo mejor, la humanidad eudaimónica nunca saldrá de nuestras cabezas, y la realidad permanecerá el paraíso de los misántropos y latrocinios resignados.

«La struggle for life, che, unos se regeneran y otros caen; así es la vida» (Arlt; 2013: 144)


Ni blanco ni negro: una conclusión

     Considerando todos los aspectos a tener en cuenta cuando se analiza la realidad determinista, ¡qué fácil sería que los compatibilistas tengan razón! ¿pero cómo explican la existencia de la voluntad real, la voluntad de las personas de cambiar su destino? ¿No es acaso demasiado fácil y de flojo razonamiento atribuirle a la mente pensante algún tipo de característica intangible metafísica que transciende al mundo físico y sus leyes? Porque decir que a pesar de la realidad determinista los agentes conscientes pueden cambiar el rumbo de las cosas es como, desde el desconocimiento o la esperanza, (y con la misma analogía que disparó la idea de esta monografía), atribuirles a las nubes la capacidad de moverse hacia donde deseen—son libres, siempre y cuando les guste la dirección del viento. Ah, si las personas no fuéramos tan profundamente dogmáticas ni los paradigmas tan inextirpables; se aferran a la mente de sus huéspedes como parásitos, y los hacen obedecer a su deseo de aplacar el pensamiento subversivo con tanta sutileza que nosotros, los huéspedes, amamos los paradigmas contemporáneos como un títere con síndrome de Estocolmo ama a su titiritero. Y sin embargo, no sería tan inextirpable si la razón humana pudiera desencadenarse de su envase biológico, con todo su bagaje evolutivo y sus millones de años de basarse solamente en respuestas a estímulos. ¡Qué únicos que somos por tener la capacidad de reconocer que no todo lo que creemos, vemos y sentimos es como aparenta! Si bien el hecho de que la tierra es redonda para nosotros hoy es evidente, la evidencia que la experiencia subjetiva les proporcionaba a los humanos de antaño y nos sigue proporcionando hoy a nosotros es que vivimos sobre una superficie plana, ¿acaso no suena ridículo basarse en nuestros limitados sentidos para buscar la verdad objetiva? Pero seguimos basándonos solamente en nuestra experiencia subjetiva para determinar la existencia de nuestra aparente irrestricta libertad.

Incluso si hubiera un margen aparte de todo aquello que se encuentra fuera de nuestro control, para que exista una presencia capaz de tomar decisiones que realmente cambien nuestro destino, o un factor completamente aleatorio, estas anomalías estarían tan restringidas y sofocadas por todo aquello que de su presencia no depende, que las posibles «alteraciones del destino» serían insignificantes. ¿Podemos, realmente, decir que lo que somos y lo que hacemos y a dónde iremos a parar no depende –si no en su totalidad, al menos en gran medida— de todo aquello que no se encuentra o encontró bajo nuestro control? ¿Cómo deslindamos nuestro futuro de cosas como nuestra genética, la familia en la que nacimos, la posición geográfica en la que nacimos, los amigos y conocidos de nuestra familia, nuestra personalidad innata, nuestro historial de enfermedades, nuestro sexo, nuestra sexualidad, nuestra raza, estatus socioeconómico parental, religión de nuestros padres, su afiliación política, nuestras creencias, convicciones, lengua materna, e infinitas características más? ¿Acaso se habría transformado Silvio Astier en Judas Iscariote de no haber tenido que vivir una vida tan humillante y miserable? ¿No podría haber sido realmente uno de esos aristócratas que resentía tanto de simplemente haber nacido en una familia adinerada? ¡Y qué distinta habría sido su vida, sin la presión de la falta de dinero sobre su cabeza!

Si bien puede parecer contradictorio que alguien sostenga creencias deterministas y a la vez sea un acérrimo defensor de la libertad, no lo es en absoluto. Porque nosotros siempre creeremos ser libres… tan libres… y esa es la libertad que nos puede ser quitada por tiranos y dictadores. La experiencia subjetiva de libertad, de poder hacer lo que uno desea (a pesar de no poder controlar sus deseos), es a lo que debemos apuntar. Después de todo, cuando una creencia se vuelve una ilusión colectiva, la verdad se vuelve irrelevante. Nuestro dinero, desde que perdimos la convertibilidad fija al oro, no es más que papel pintado, y sin embargo sacrificaríamos cosas de gran valor real por conseguir unos cuantos billetes, y fantaseamos con tener más de ellos que los que podríamos contar, e invertimos incontables horas de nuestras vidas como esclavos en busca de más papel pintado, porque aquella ilusión creció como plaga, y, para todos propósitos prácticos, se ha vuelto tan real que nos olvidamos de su verdadera naturaleza: «[el poder] Es un truco. Una sombra en la pared» (Martin, 341)

Quizás los compatibilistas tengan razón, y sería lo mejor para todos nosotros… ¡qué difícil renunciar a nuestra vida libre, tan llena de posibilidades! Y sin embargo, sin importar cuán determinados seamos en realidad, siempre nos sentiremos libres, como el canario que, nacido en una jaula, no sabe lo pobre que es su vida entre rejas: destinado a cantar como un bufón, viendo sus alrededores como las sombras en la caverna de platón, y cantando, porque eso es lo que debe hacer.

«En la oscuridad yo sonreía libertado… libre… definitivamente libre» (Arlt; 2013: 98)






Bibliografía:


Bibliografía primaria:

– Arlt, Roberto: El Juguete Rabioso. (Buenos Aires: Cántaro. 2013)

– Láinez, Mujica: Misteriosa Buenos Aires. (Buenos Aires: Debolsillo: 2017)


Bibliografía secundaria:

– Harris, Sam: Free Will. (Versión Kindle: 2012)

– Nietzsche, Friedrich: La Gaya Ciencia. (Versión PDF. Recuperado de:

https://eva.udelar.edu.uy/pluginfile.php/689735/mod_resource/content/1/Wilhelm-Nietzsche-Friedrich-De-La-Gaya-Ciencia.pdf?forcedownload=1 )

– Kreimer, Juan Carlos: Nietzsche para principiantes (Para Principiantes. 2013)

– Murray, Charles: The Bell Curve. (Versión Kindle: 1994)

– Platón: La República. (Versión PDF. Recuperado de: http://www.kimera.com/RECURSOS/PLATON/la%20republica.pdf)



Para quien desee ampliar esta monografía, hay algunos puntos que pensamos deberían ser ampliados o investigados en mayor profundidad:

1) Puntos 3, 4 y 5 de organización de la sociedad, evitamos entrar en demasiado detalle para no perder de vista el objetivo inicial de la monografía.

2) Concepciones del destino: Incierto (libertad) o fijado (determinismo): ¿son realmente contradictorios? Ampliar en las posibilidades del compatibilismo.

3) Teoría del velo de ignorancia como método de organización de la sociedad.

4) Datos sobre libre mercado, libertad económica y redistribución de los ingresos. Ampliar los recursos empíricos sobre redistribución de los ingresos.

6) Edipo Rey: explorar profecías y el concepto fatalista de tener un destino fijado.

7) Karma y determinismo. Cómo la idea del karma y las vidas pasadas son reprensibles en sí mismas: justifican la mala fortuna como algo merecido.

9) Agregar experimentos científicos en los que una computadora puede predecir el movimiento de una persona antes de que la persona sepa que decidió realizarlo.

10) ¿Afecta la incertidumbre de Heisenberg la idea de un futuro determinista? ¿sería la aleatoriedad el fin de la idea del destino, pero no el principio de la libertad?

11) Ampliar sobre Manuel Mujica Láinez y su superstición como miedo al futuro trágico, e incluir más contenido sobre su obra: Misteriosa Buenos Aires.

12) Paradoja del suicidio: Si una máquina pudiera predecir el futuro a la perfección, y le dijera a una persona que cosas horribles pasarán en su futuro, ¿Habría peligro de que esta persona se suicide? Ya que, si se suicidara este futuro no pasaría a ser cierto, y la máquina se habría equivocado. ¿Podría la predicción cambiar el futuro del hombre como la observación de una partícula subatómica cambia su trayectoria? (principio de incertidumbre de Heisenberg) En ese caso, la máquina siempre habría estado destinada a hacer la predicción, y entonces la reacción de la persona hubiera estado preestablecida también.

Alternativamente, si el hombre fuera a suicidarse al escuchar que tendrá un destino trágico, ¿no diría la máquina que el hombre se suicidará? Pero entonces no mostraría el destino trágico, y no habría razón para que el hombre se suicide.


Referencias:

[1] Free Will, traducido al español como *Libre Albedrío.


[2] Se refiere al libro quinto de La Gaya Ciencia, aforismo 341: La carga más pesada, en el que un demonio nos dice que la vida es un bucle eterno, y nada jamás cambia.


[3] Referencia a una de las obras maestras de Fiodor Dostoievski, Crimen y Castigo.


[4] A lo largo de este escrito, y debido a la complejidad de la temática en cuestión, hemos decidido incluir algunos experimentos para que realice el lector, los cuales creemos que ilustrarán los argumentos de una manera mucho más interesante que simplemente presentándolos en forma de texto o silogística.


[5] Recuperado del diccionario integrado de Google.


[6] *«En este preciso instante, estás haciendo incontables “decisiones” inconscientes con otros órganos además de tu cerebro—pero estas no son acciones por las que te sentís responsable. ¿Es usted quien produce glóbulos rojos y enzimas digestivas en este momento? Su cuerpo está realizando estas acciones, por supuesto, pero si “decidiera” dejar de hacerlo, usted sería la víctima de estos cambios, no su causa.»


[7] Se refiere a la corriente filosófica que defiende la existencia del libre albedrío, no al modelo político, social y económico que aboga por la independencia del estado. A partir de aquí, esta palabra se utilizará para definir la doctrina filosófica, a menos que se indique explícitamente lo contrario.


[8] Burns JM, Swerdlow RH. Right Orbitofrontal Tumor With Pedophilia Symptom and Constructional Apraxia Sign. Arch Neurol. 2003;60(3):437–440. doi:10.1001/archneur.60.3.437


[9] Revista de Psicología y Mente. Categoría neurociencias: «El curioso caso de Phineas Gage y la barra de metal en la cabeza»


[10] Recuperado del artículo de Wikipedia: Charles Whitman.


[11] Tumor cerebral que afecta al sistema nervioso central, de los más malignos y de rápido crecimiento.


[12] Recuperado del artículo de Wikipedia: Charles Whitman.


[13] Un caso similar se presenta en el libro Free Will (Sam Harris).


[14] Mantener dos ideas contradictorias a la vez. Idea desarrollada en el libro 1984, de George Orwell.


[15] La paradoja del gato de Schrödinger, un experimento imaginario para exponer la característica más contraintuitiva de la teoría cuántica.


[16] La Vida Puerca era el nombre original de la obra, pero el autor acabó cambiándolo antes de su publicación.


[17] Recuperado de Goodreads > Fyodor Dostoyevsky > Quotes.


[18] Artículo de The New York Times: up for parole? Better hope you’re first on the docket.


[19] PNAS: extraneous factors in judicial decisions. (*factores extraños en decisions judiciales)


[20] Recuperado del video «Why we don’t have free will and why that’s OK».


[21] Traducción: *«Los pensamientos emergen en la consciencia. No los estamos creando, eso requeriría que los pensemos antes de que los pensemos»


[22] Referencia a la película de ciencia ficción estrenada en el año 1999: La Mátrix.


[23] Nietzsche advierte que la muerte metafórica del Dios cristiano podría conllevar la caída de nuestros valores morales. (parafraseado de La Gaya Ciencia: El loco).


[24] «IQ and rarity chart» (www.iqcomparisonsite.com)


[25] «Heritability of IQ» en Wikipedia


[26] The Bell Curve (Charles Murray, 1994) (*La Curva de Campana: hace referencia a la forma de la distribución normal de Gauss)


[27] Recuperado del video «Jordan Peterson – Controversial Facts About IQ» (*Hechos Controversiales del CI)


[28] Artículo: el 50% de las adicciones tienen una base genética.


[29]

Widom, C. S. (1989). Child abuse, neglect, and violent criminal behavior. Criminology, 27(2), 251-271.

ISO 690


[30] Saitoh, O., Niwa, S., Hiramatsu, K., Kameyama, T., Rymar, K., & Itoh, K. (1984). Abnormalities in late positive components of event-related potentials may reflect a genetic predisposition to schizophrenia. Biological Psychiatry.


[31] Angustia: el vértigo de la libertad (Azucena Aja)


[32] Se refiere a los arquetipos de Carl Gustav Jung.


[33] El eterno retorno: teoría cosmológica y psicológica mostrada en La Gaya Ciencia, aforismo La carga más pesada (Nietzsche, 1882).


[34] El superhombre, personaje hipotético cuyas características se plantean en el libro Así Habló Zaratustra (Nietzsche, 1883)


[35] Personaje completamente opuesto al superhombre, descrito en Así Habló Zaratustra (Nietzsche, 1883)


[36] Expresión en la que buscamos describir al hombre que cree que su cuerpo es la prisión de su alma, y solamente la muerte lo liberará. Idea planteada por Platón en su libro República (Platón, 380 a.C)


[37] Amor fati: frase Latina que significa amor al destino.


[38] Referencia a la frase de Karl Marx: La religión es el opio de los pueblos.


[39] Camino de Servidumbre es el título del libro de Friedrich Hayek, en el que argumenta que la planificación económica suele conllevar una pérdida de libertad, y más controversialmente aún, que el socialismo es el precursor del totalitarismo.


[40] Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, 31 de Julio de 2017.


[41] Proceso mediante el cual las personas o grupos se desplazan en la jeraquía, cambiando su posición socioeconómica.


[42] Recuperado de Página12: Mujica Láinez (1975)


[43] Libro: Nietzsche para principiantes


[44] Traducción: *Conferencias Bíblicas


[45] Traducción: * «Levante la cruz más pesada que pueda cargar y esfuércese cuesta arriba»


[46] Recuperado de la grabación de una clase de grado del doctor Jordan B. Peterson, professor de psicología de la Universidad de Toronto (UofT) (Canadá). Video: «Determinism vs Free Will | Jordan Peterson» (ManOfAllCreation)


[47] Traducción: *«Científicamente –determinísticamente– existe la naturaleza y la cultura, y vos sos el product determinista de la interacción entre lo natural y lo cultural»


[48] Recuperado de la Academia Nacional de las Ciencias de los Estados Unidos de América (PNAS, por sus siglas en inglés). Traducción: *Si los culpables no son moralmente culpables entonces la justicia, en su sentido tradicional, deja de ser el cimiento de nuestro sistema judicial.


[49] Referencia al libro de Daniel López Rosetti: Emoción y Sentimientos: no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan. También es una expresión en respuesta a la famosa frase atribuida a Aristóteles: «El hombre es un animal racional».


[50] Un utilitarista defendería la opción que es la que maximiza la utilidad para el mayor número de individuos involucrados (wikipedia).


[51] Remarcamos esto debido a que el 95% de los crímenes son cometidos por hombres (¿por qué hay mas hombres en la carcel que mujeres? | Cultura Colectiva - 2018).


[52] https://www.agenciasinc.es/Noticias/El-gen-del-guerrero-hace-a-sus-portadores-mas-propensos-al-crimen-violento


[53] Modificación del Dilema del Tranvía.


[54] Expresión el latín que significa «el hombre es el lobo del hombre»


[55] Estados Unidos (2018-2019)

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