• Tao Burga

Renaissance

Era una noche de invierno. De las nubes se desprendía algodón helado, y en el viento se oía la canción sutil de una arboleda. Dentro de la cabaña ardía una salamandra, y el fuego danzaba sobre madera vieja. El aire en la habitación estaba viciado, demasiado caluroso, y mi café muy azucarado. Por un momento me sentí disgustado, viejo y usado. Pero miré por la ventana, y el cielo limpiaba la tierra, y un vestido blanco se acomodaba en la falda de los pinos y los coronaba blancos y puros. ¡Qué hermoso! ¡Qué bello! Pero en mi taza, el café me enseñó mi reflejo, y él me vio a mí. Y como si me echaran en la cara agua fría, espabilé, y mi sangre estancada comenzó a fluir. ¡Tonto yo, tonto fui! Creí que me estaba resguardando, pero en verdad me estaba ocultando. Cómo pude todo este tiempo escapar del juicio del cielo y sentirme entero, usar mi lengua polvorienta para intentar decir lo que ya se ha dicho, ver con mis ojos el fuego llorando, no danzando, escuchar la madera ardiendo en lugar de cantando, inhalar aire ya exhalado. ¡Lo siento, lo siento! Grité por la ventana, aferrándome al vidrio con mirada perdida, y en un salto júbilo me lancé hacia la puerta de corteza triste, y corriendo me tiré en la nieve, para ser otro botón del vestido blanco inmaculado, y en el cauce inmóvil de olvido de un tiempo anticuado, mi actuar fue juzgado, mi cuerpo sucio fue renovado, y en mi primera inhalación de aire jamás inhalado, me entregué a la vastedad para ser renombrado.

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