• Tao Burga

Ángeles Negros

Y entonces abrió los ojos. Despacio. Sus párpados eran pesados postigos de madera. Sus ojos, inútiles bolas de vidrio. La luz de la habitación blanca le cegaba. Un sonido repetitivo era lo único que podía oír, el sonido de una máquina que indicaba que seguía vivo, Un respirador artificial le mantenía los pulmones inflados.

Su cuerpo entero era carne inútil, carne muerta; por mas que tratara de moverse sus brazos no reaccionaban, sus piernas no podía sentir. No era mas que un muñeco de trapo.

Una angustia desmesurada inundó su pecho, quería gritar, pedir ayuda, pero lo único que su boca le permitía era algún que otro gemido agónico.

Una enfermera entró en la habitación, habría escuchado los gemidos de su paciente. Era una anciana de cabello blanco, su cara un cartón arrugado, tenía pequeños ojos marrones y una diminuta boca apretada de labios finos. No expresaba el mínimo asombro. permaneció inexpresiva mientras se acercaba a la camilla mirándolo desde arriba.

El paciente con los ojos ya bien abiertos y llenos de lágrimas trataba de inclinarse inútilmente hacia ella, gritarle, pedirle ayuda, clamar respuestas. ¿Qué hacía allí? ¿Qué le pasó? Era incapaz de formular palabras.

La señora hizo caso omiso a su paciente, mientras colocaba un vinilo en el tocadiscos viejo junto a su cama, una música clásica de violines comenzó a sonar. Ahora sus gritos ella ya no podría oír. ¡No me escucha! ¡No me ve! Pensaba él, y abría los ojos más grandes, y gemía más fuerte.

La vieja tarareaba al compás de la canción con su voz ronca y grave mientras se colocaba los guantes de látex, tomaba una jeringa y la llenaba del líquido de un frasquito que llevaba en el bolsillo de su ambo. Se la inyectó en el brazo adormecido mientras se fijaba en su rostro, esbozando una sonrisa apenas visible.

—Ya sé, ya sé, tranquilo —su tono era desconcertante, hablaba como aquellas madres que tratan de consolar a sus hijos mientras les curan una herida— Shh. Shh. Tranquilo—repitió.

comenzó a acariciarle gentilmente el cabello, y mientras él se sumergía nuevamente en aquel sueño confuso, la vieja le cantaba una canción, una canción dulce, y aunque él no podía distinguir la letra, parecía una melodía de cuna.

Poco a poco las paredes de la habitación se volvieron negras, su mente se perdió en un inmenso vacío oscuro. Los violines y las canciones de cuna se distorsionaban en ecos distantes, hasta que todo sonido cesó, no había nada, nada en absoluto. Así permaneció mucho tiempo, meses, cada segundo era eterno, la ausencia del todo era aterradora, su conciencia estaba disuelta, tanto mente como corazón en eterno silencio, y fue en aquel campo negro cuando, un día, volvió a abrir los ojos, pesados y débiles, con las pocas fuerzas que tenía trató de moverse, pero era inútil. Trató de hablar, pero unos gemidos débiles se escapaban de su boca. En eso estaba cuando entró una enfermera que habría oído sus llantos. Era vieja, de cabello blanco y cara arrugada, en sus labios finos y apretados se distinguía una sonrisita roja. Por un momento, él se sintió aliviado.

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