• Tao Burga

Flores para los Muertos

Una mujer en un largo vestido negro pasó a mi lado. Era esbelta, su pelo negro atado en un rodete alto, y sus manos ocultas por guantes aterciopelados del mismo color. Algo en su andar me llamó la atención de forma irresistible, y comencé a seguirla.

Caminé detrás suyo guardando las distancias hasta llegar a un cementerio, donde ella amainó el paso para leer las inscripciones en las lápidas de piedra, cuyos nombres le producían una angustia inmensa. Yo la observaba desde lejos, no quería que me viera. Eventualmente llegó a un entierro. Se escurrió sin que nadie la notara entre las personas reunidas y permaneció inmóvil mirando el ataúd cerrado. Una sola lágrima se escurrió de sus ojos. Como si hubiera sabido que yo estaba ahí, observándola, subió la mirada y me miró directamente. Sus ojos se clavaron en mí, y pude ver en ellos una pena desgarradora. Tomó una rosa negra del racimo de otra mujer de luto, que no pareció darse cuenta, y empezó a caminar hacia mí con la flor en la mano, deslizándose de nuevo entre la gente sin que la noten. Algo en su andar me hipnotizó, y no pude más que quedarme quieto, viéndola acercarse con la cara congestionada de angustia. Cuando estuvo frente a mí me miró profundamente, como nunca nadie lo había hecho, y me entregó la rosa. La acepté, pero aún la miraba desconcertado. Ella hizo una mueca, como pidiendo perdón sin palabras, y se alejó andando lentamente, con su largo vestido de luto apenas acariciando el pasto. Esta vez no fui a seguirla, porque sé que nos reencontraremos pronto.

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