• Tao Burga

El Rey


I - El niño

Cauteloso se abría paso entre los juncos verde oliva tratando de no pisar los charcos de agua putrefacta de la ciénaga, con el frío que hacía lo último que quería era empaparse su viejo calzado de cuero. A su alrededor los árboles de ramas viejas crujían en el silencio de la noche y los cuervos graznaban espantosos cantos que estremecerían hasta al más valiente de los hombres, o al menos eso pensó.

Siguió avanzando a paso cansado y el sendero de lodo se hacía cada vez más angosto. Si tan solo fuera mayor, este camino no se haría tan largo, pensaba el niño. A los lados, los árboles siniestros que parecían querer abalanzarse sobre él desde lo alto casi tapaban por completo el cielo nocturno. Su boca se sentía seca, sus labios quebrados le dolían con cada movimiento facial. Tres días habían pasado ya desde que salió de su casa en busca del profeta, aquel que su pueblo llama un alma demoníaca, un hereje, incluso le apodaron «siervo de satanás», cierto es que las historias que su padre le cuenta en la cena sobre él son un tanto espeluznantes, de rituales y sacrificios; derramamiento de sangre y pérdida de fe. En aquel camino desolado, lúgubre, lo único que lo mantenía andando eran las palabras que el sacerdote le dijo previas a su partida:

«Son dos días hasta la cabaña, la fortuna te acompaña»

«No voy a poder, padre» le dijo el niño.

«Dios te perdonó, me eligió a mí para que salve tu mano» le respondió mientras tomaba su mano izquierda, que un día, pura como era su alma, su estómago tomó las riendas y torpemente decidió robar su cena, lo que, de no ser por la intervención por pura coincidencia del cura, le habría dejado sin cena ni mano.

Desde luego, a él le parecía raro que una figura tan importante en la jerarquía religiosa le pidiese que, con la mayor discreción, se encaminara a la ciénaga que tanto terror le producía a sus hermanos, pero él se abstenía de preguntar, y decía:

«Y cuando llegue, qué tengo que hacer» preguntó confundido.

«Escúchalo, no te dejes llevar por su lengua, es veneno, sólo escucha y vuelve a mí con lo que sea que haya dicho, si lo crees de valor».

El cura era bien conocido por sus asombrosas innovaciones en todas las áreas, curaba con hierbas que la gente desmalezaba como hierba mala, sabía mucho de astrología, aunque nunca nadie lo vio usar un telescopio y construía elaboradas teorías filosóficas brillantes, su conocimiento parecía ser infinito. La gente del pueblo dice que debe poder hablar con Dios, o recibir sus señales de alguna forma, así que cuando éste le dijo que el camino sería seguro, acompañado de breves palabras en latín, que, buen viaje querrán decir, o suerte, probablemente, lo tranquilizó, o quizás solo mezcló lo que sea que le vino a la mente, y viniendo de él no podían ser más que sabias palabras, frases que de alguna forma lo acompañarían en aquella aventura de la que no ha visto siquiera el dulce comienzo. Perdido en recuerdos recientes, y a falta de una lámpara de aceite que lo guiase, una raíz que asomaba del lodo lo hizo tropezar torpemente, cayendo de lleno contra el sendero marrón. Allí, tendido boca abajo con el pelo castaño pegado a su frente y el aliento corto por el impacto de la caída, fantaseó que estaba echado en su cama, con la cabeza descansando sobre almohadas y su cuerpo entero cubierto por abrigadas mantas de tela y lana. Pero entonces el picoteo de un cuervo en su cuero cabelludo lo despertó. Se había quedado dormido. Apenas tuvo fuerzas para ahuyentar al pájaro negro, el cual aterrizó poco más de un metro delante suyo y se quedó viéndolo con la cabeza de lado. El chico también lo miraba, quieto, con la vista fija en su ojo como una pequeña cuenta negra que parecía haberlo hipnotizado, era un pequeño pozo oscuro sin fondo que lo miraba analítico. Permanecieron los dos quietos unos momentos que se hicieron eternos, hasta que el niño hizo ademán de extender el brazo para tocarlo y el animal en un movimiento repentino y brusco giró su cabeza para verlo con el otro ojo, pero éste era blanco y lechoso, el cuervo se acercó a él y se encrespó. La mirada macabra del pájaro ciego lo hizo saltar del susto, y con la garganta seca del frío alzó un grito informe. No sabía qué le había causado tanto miedo, pero allí se encontraba, parado con las piernas abiertas y los brazos tiesos, mirando al cuervo que se alzó al vuelo mientras graznaba. Otros cuervos también huyeron del alarido, que aparentemente fue más fuerte de lo que creyó. Con el cuerpo empapado en barro reanudó su marcha, esta vez con su vista en busca de otras raíces. Fuertes vientos gélidos rugían impetuosos, los árboles crujían nuevamente y el frío penetraba su abrigo de lana embarrada como miles de cuchillas de hielo perforándole las tripas. Al cabo de un rato ya no sentía los pies, luego las manos, su cuerpo entero estaba endurecido, y justo cuando estaba por caerse muerto una voz vieja lo llamó,

—¿Qué haces aquí, chico?

El niño levantó su cabeza rápidamente para ver quien le hablaba, y lo vio a él, la lámpara de aceite que mantenía alta en su brazo derecho poco llegaba a alumbrar su rostro, del cual la mitad permanecía oculto de la luz.

Se sorprendió al ver en la penumbra de su rostro un ojo que lo miraba inexpresivo como una gigante estrella blanca. La parte de su cara que podía ver era angulosa, de pómulos levantados y piel vieja, su tez tan pálida como su ojo izquierdo y su pelo negro del mismo color que el derecho, podía sentir su nariz aguileña que lo acechaba, su vista clavada en él.

—Tú —se interrumpió con un carraspeo—, vos sois el vidente de un ojo —dijo, siendo tan cordial como le permitían sus once años.

—Me llamaron de muchas formas al paso de los años —esbozó una sonrisa—, pero tranquilo hijo, de lejos «El Cuervo» es mi menos favorita.

–Menos que Satanás—, le preguntó en un tono desafiante del cual se arrepintió mientras hablaba.

—No me gusta que me llamen el cuervo, porque cuervo no soy. Ven, entra, que se me congelan las manos. —El viejo apuntaba con su palma abierta a la cabaña que antes no había visto, pero que estaba ya a unos cien metros, con una chimenea ardiendo dentro.

El chico retrocedió un paso, una sensación extraña le recorrió el cuerpo como un escalofrío, El hereje se marcó como demonio, pensó, las advertencias de los que se atrevían a hablar de él parecían no exagerar, era verdaderamente un ente negro. Retrocedió lentamente, como si el viejo fuese un lobo ciego. Su corazón latía ahora más fuerte que nunca, sus pies temblaban.

—No te haré daño, vamos, ¿qué le dirás al clérigo si das media vuelta ahora, después del duro viaje volver con las manos vacías? al fin y al cabo, es por información que te envió a hablar conmigo. Él nunca se atrevió a venir y manchar su túnica con mi nombre.

El chico quiso salir corriendo, volver sobre sus pasos y nunca más regresar, alejarse cuanto más pueda, pero el tuerto tenía razón, ¿cómo podría volver a rezar en la iglesia, sabiendo que había fallado en su misión divina? «El Señor me protegerá», se dijo a sí mismo, y después de apretar los dientes para tomar coraje siguió al viejo hasta la cabaña.

Frenó ante la puerta de madera, donde se preguntó si lo que hacía era lo correcto, después de todo, si por alguna razón no conseguía volver, de nada habría servido su coraje, habría muerto por el favor de un cura al que jamás volvería a ver. Tratándose de cualquier otro hombre en cualquier otra casa el niño hubiese entrado, pero no se atrevía, no si sus gritos no podrían alcanzar otros oídos más que los suyos en caso de necesitar ayuda, no en especial por ese ojo, ese maldito ojo no se había enceguecido por heridas: estaba intacto, pero blanco, sin siquiera rastros de que alguna vez hubo color donde ahora hay un vasto globo de niebla espesa.

El tuerto le abrió la puerta rechinante y esperó unos momentos a que pase, el niño apretó sus párpados y entró, Si no voy a vivir con el Señor a mi lado, prefiero no vivir en absoluto, pensó, sin siquiera considerar la posibilidad de salir vivo, o al menos ileso. El viejo sin decir nada se puso de espaldas a él y prendió una pequeña fogata sobre un caldero oxidado.

—Qué quieres saber —le dijo al niño.

—Qué les pasó a los otros, a los otros como yo, sé que vinieron otros niños.

—Murieron, o son los únicos que vivieron, respondió indiferente, el niño se quedó callado.

—Y yo, dijo después de un incómodo silencio.

—Morirás también, una muerte cristiana.

El miedo le impidió hablar, simplemente se quedó allí, sentado en un taburete de madera esperando que el viejo le dijera algo que le podría interesar al cura para salir corriendo de allí.

—No te voy a matar, bueno, puede que sí, depende de cómo lo mires —continuó el viejo.

—Necesito saber, tú que ves el futuro, ¿qué ocurrirá?

—El futuro no lo puedo ver ni yo, ni nadie, lo que verás será lo que estuvo siempre frente a tus ojos, pero no te atreviste a ver, pero al menos verás la verdad.

—¿Lo que verás? —preguntó el niño, luego de una breve reflexión.

—Si, serás tú el que vea y yo seré solo un guía, y vaya guía, uno tuerto, que ironía. —Cerró su ojo marrón para enfatizar su ceguera y vertió parte de la sopa que se había estado calentando sobre el fuego en un cuenco de arcilla.

—Bebe, debes estar sediento.

«Y congelado», pensó el niño, y sin siquiera pensarlo dos veces comenzó a sorber el caldo con sus labios resquebrajados. El tuerto ahora lo miraba a los ojos, y con esa última imagen en su cabeza se adentró poco a poco en un profundo sueño, un sueño lúcido.

II - El tuerto

La voz antes grave y usada del anciano ahora simulaba dulzura, y aunque la claridad de sus palabras no era mayor que la de un eco distante en la montaña, el niño encontró cobijo bajo la sombra de su habla.

—¿Qué ves? —le preguntó el viejo al niño dormido.

—Nada… negro, no veo nada —su respiración se hizo sonora.

—Tú, ¿qué forma tienes? ¿qué eres?

El niño se sintió incómodo, miraba donde estarían sus manos, nada, miraba sus pies, nada, no pudo más que sentirse encerrado en la vastedad del vacío. Podía escuchar sus pensamientos como voces llamando a su atención de todas direcciones. No sentía su propia respiración sino como una húmeda ventisca acechando su nuca, y la voz del tuerto dejaba en el vacío un rastro, apenas un aroma que él podía usar para orientarse. Haciendo caso al murmullo de su guía, trató de recuperar la compostura y responder:

—No soy nada… nadie… una nube. puedo moverme, pero da igual, es todo oscuro. ¡Ayuda!

—Puedes salir de ahí, mírate.

—No puedo, yo soy parte de la negrura.

El hombre se quedó pensando en qué le podía decir para que comience a ver, y dijo:

—Mírate, ves tu cuerpo negro, eres un cuervo. Levanta vuelo.

El joven, a pesar de estar dormido hablaba apenas modulando, pero sus expresiones eran las que lo decían todo. Apretó sus labios y frunció el ceño.

—Tengo miedo, cuándo volveré a ver, ¿qué me hiciste?

El hombre meditó un segundo, y le respondió:

Verás, donde te encuentras ahora es donde siempre has estado y donde siempre estarás, en cierto grado nadie nunca escapó ni escapará de la tiniebla, aquello que no deja ver más allá; pero es en este vacío donde tú lo eres todo, prisionero y carcelero, condenado y verdugo, el ciego y el bastón, y sólo después de pasar mucho tiempo aferrado a los barrotes de tu prisión, anhelando salir, puede que en algún momento mires a tu alrededor para darte cuenta de que siempre estuviste fuera. Este es el momento, es hora de salir.

El niño transpiraba, sus palabras eran apenas balbuceos.

—No puedo, No puedo —gritó desesperado, y después de un estremecimiento que se apoderó de su sudorosa cara e hizo temblar los mechones embarrados de su pelo, sus expresiones se suavizaron y dejó escapar un suspiro exhausto. —puedo, lo hice, ¡vuelo!

—Ve a donde tus alas te lleven, sólo ellas pueden enseñarte lo que viniste a buscar. —Mientras, el viejo le sostenía la cabeza con una mano, y su cara fija en él.

Lágrimas negras brotaban de los ojos del chico, que ahora estaban bien abiertos, mirando aterrorizados a la nada misma, algún lugar en el techo de la cabaña. Su respiración ahora no hallaba descanso.

—Veo, veo —repetía el joven, y después de mover sus ojos en todas direcciones por un largo rato, como si hubiese algo que sólo él pudiera ver, su asombro se transformó en una sombría desilusión, luego, una tristeza desamparada, y finalmente, mientras despertaba con cara de horror de su sueño negro, se aferró a los brazos del tuerto, y con los ojos completamente blancos y llorosos, —estamos solos—, sentenció.

III - El vidente

El niño volvió tan rápido como pudo a la iglesia, los que antes habían parecido días interminables de fatiga e inanición ahora no fueron más que un corto viaje de regreso.

El cura estaba leyendo un fragmento de la biblia, como es habitual, y casi todos los asientos estaban ocupados por hombres y mujeres de todas las edades y riquezas, algunos con las manos unidas, rezando, otros agarrando sus rosarios blancos, y muchos otros sentados sin más, con los ojos cerrados. Las puertas de madera labrada estaban abiertas de par en par. El chico, apresurado por hablar con el clérigo, no reparó en que había muchas otras personas en la sala, y mientras se acercaba a la entrada oía claramente al cura recitando un fragmento de la biblia. «El espíritu del señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el Evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar la libertad de los cautivos, y la recuperación de la vista de los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos y…»

—¡Padre! —gritó el niño mientras entraba jadeante y sudoroso del otro lado de la iglesia, interrumpiéndolo en una voz más alta de la que quiso.

Como si las personas fueran una masa uniforme, se dieron vuelta para ver quién había sido el imprudente que interrumpió la sagrada lectura, y todos sus ojos eran blancos. El cura levantó la cabeza, que antes estaba casi enterrada en el libro por su pobre visión, y sus ojos eran blancos también, pero todos lo miraban a él, no a su alrededor, no detrás suyo: inequívocos lo veían, sus ojos ciegos veían, pero no lo suficiente, y una mujer del fondo, cerca del cura dijo:

—¡Sus ojos!

—¿Qué le pasa? —le preguntó un niño a su padre.

—Está ciego —respondió el anciano de al lado.

—Padre, ayúdele —dijo una mujer, y su voz se perdió en el murmullo colectivo que se cernía sobre él.

Sin embargo, el hombre de Dios no mostraba en su cara un asomo de sorpresa, era más una expresión de enojo. Sus cejas estaban bajas, y podían notarse levemente sus labios apretados, y el niño, con el ceño fruncido, interrumpió el suspenso:

—Padre, Dios no está, nunca estuvo, padre, tienes que saberlo, ahora veo, estamos solos, más solos de lo que nunca creímos. Padre, le rezamos a la nada misma, una nada negra, un desierto negro.

El silencio se apoderó de la iglesia, la gente del lugar estaba aterrada, los que tenían se aferraban a sus biblias viejas con toda su fuerza, los demás agarraban sus rosarios. Por unos segundos nada pudo oírse más que unos murmullos sorprendidos, otros trémulos, pero todos temerosos, hasta que el cura, luego de un breve suspiro, dijo:

—Le ha cegado, el mal, lo veo en él, hijo, oh hijo, qué te ocurrió, dejaste al demonio dormir en tus adentros y ahora no puedes regresar a la luz —se podía notar cierta dulzura en su tono, el niño estaba desconcertado.

El cura bajó lentamente de los escalones altos donde se encontraba, escondido tras un atril. A sus pasos le seguía el crujido de la madera, y su túnica blanca inmaculada bordada en oro rozaba ligeramente el suelo.

—No, padre, es la misma luz que nos guía la que mantenemos tan cerca que no nos permite ver, ciegos nos mantiene, ¡ciegos!

El cura se acercó a él, tanto hombres como mujeres dibujaban cruces en sus pechos. una vez en frente suyo, el sacerdote tomó su cabeza entre sus manos y le dijo, como si de un mago se tratase:

—Te ordeno a ti, parásito, que salgas, este es un hijo de Dios, y como tal no es casa para tu débil cuerpo, sal, ¡te lo ordeno! —gritó finalmente.

—Ningún demonio se aloja en mí, porque demonio nunca hubo ni hay, tienes que creerme.

y en un segundo, el tono dulce del cura se tornó autoritario, interrumpiéndolo:

—Pero cómo te atreves a entrar, demonio de ojos blancos, esta es la casa de Dios, y esta su gente, la oscuridad yace en tus ojos, lo puedo ver, lo veo claramente ahora, siento decir que no hay nada que pueda hacer para salvar al pequeño. Ayúdenme, dijo, dirigiéndose a los otros ciegos, y tras estas últimas palabras, cuatro hombres se pararon de las banquetas más cercanas, y con sus pares de ojos blancos fijos en él lo tomaron de los brazos y piernas antes de que pueda reaccionar, y mientras el cura salpicaba agua bendita sobre su frente y recitaba palabras en latín que resonaron en cada rincón del lugar, lo llevaron a un calabozo en las afueras del pueblo.

Los cuatro hombres lo tiraron con violencia en una pequeña celda de barrotes negros con el suelo húmedo y musgoso. A sus lados había dos hombres sucios y cabizbajos. El niño estaba horrorizado, «Es que no se acuerda, él me envió a hablar con el vidente, él quería saber lo que sabía el vidente, sí, se acuerda, eso seguro, pero lo ignora» pensó, y mientras reflexionaba sobre lo ocurrido recordó lo que las personas dijeron de sus ojos.

—¿Tengo los ojos blancos? —le preguntó al prisionero de la celda a su derecha.

—Si —le contestó, sin ánimos de empezar una conversación.

—¿De qué color son mis ojos? —esta vez le preguntó al de la izquierda.

—Blancos —le confirmó—. ¿Cómo terminaste aquí de todas formas? no me digas que un niño ciego estuvo robando.

—No hice nada —respondió él.

—Anda, no hay de qué avergonzarse, crees que hay mucha charla por aquí, si el hombre de tu derecha hablara no haría más que describir los barrotes en frente suyo, hace unos cuarenta años que vive aquí, el muy tonto robó un cáliz de oro de la iglesia cuando tenía tu edad.

—Cuidado a quien le dices idiota, tonto —respondió con voz gruesa el de la derecha.

—No te dije idiota, te dije tonto, imbécil —replicó el de la izquierda, y el otro gruñó fatigado—. En fin, si no me cuentas ahora lo harás más adelante, cuando ver el mismo suelo todos los días sea rutina. No es como que haya mucha elección de actividades por aquí, ¿sabes? Y, como te podrás haber dado cuenta, mi compañero no suele tener ganas de hablar conmigo, y la verdad es que tengo ganas de hablar con alguien. ¿No te parece interesante que sea precisamente ahora que llegaste a precisamente este calabozo? ¿o que nos hayan dejado precisamente uno al lado del otro?

El chico reflexionó, y llegó a la conclusión de que enemistarse con sus compañeros de celda con los cuales compartiría quién sabe cuánto tiempo no sería una buena idea, entonces sin decir palabra, con un simple movimiento de mano, aceptó.

—Dime tú primero —dijo el niño.

—Yo… yo maté —respondió el preso después de pensar cómo se lo diría a un niño. Ahora ya no se mostraba tan entusiasmado y desenvuelto como antes.

—¿Quieres decirme qué pasó más precisamente? —respondió, usando las palabras del compañero.

—Maté a un hombre que le hizo unas cosas muy malas a mi hermanita —dijo el mismo, un poco nervioso, tratando de explicarle lo menos posible el suceso al niño. Su voz vacilaba, como si temiera su juicio—, pero hice mal. «Perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden», dice la Biblia.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace nueve años.

—¿Y no te condenaron al garrote vil?

—No, pero… este fue el juicio del Señor. —El hombre que ahora se asomaba a la débil flama de una lámpara de aceite de luz menguante se sacó la remera rota y descubrió decenas de cicatrices en su espalda—. Él me cuida —dijo—, sabe que puedo redimirme, eligió un castigo menos severo hasta que me gane su perdón. Y ahora dime, ¿qué hiciste para acabar aquí tan pequeño y ciego?

Al chico le parecía una imprudencia decirle la verdad después de comprobar su devoción absoluta a Dios. Sus palabras ya le habían costado demasiado en su encuentro con el cura, y no cometería el mismo error.

—Robé unas monedas, tenía hambre y no había comido en días.

—Bueno, quién sabrá que suerte te espera, depende a quien le hayas robado, quince días como mucho, a mi me espera peor destino, pero, me intriga, ¿cómo pudiste robar tan ciego como estás?

El niño se volteó desanimado.

—Eso es tema para otro día, estoy cansado —dijo.

—Y yo también, cierren la boca —añadió el prisionero de la derecha, llamando al silencio.

Esa noche consiguió poco sueño, y el murmuro de una gotera distante lo mantuvo tan despierto como sus propias ideas de lo que ocurriría próximamente. Se despertó varias veces durante el transcurso de la noche, durmió apenas un par de horas. Soñó con el tuerto, a quien ya casi había olvidado, con sus ojos, y con el cuervo que en el camino hacia la cabaña lo había espantado.

A la mañana siguiente, el guardia lo despertó haciendo sonar su llavero metálico contra los barrotes de la celda, mientras le gritaba:

—¡Arriba tonto, vamos, arriba! —le abrió la puerta enrejada y salieron. Le esposó las muñecas con fuerza—. Como intentes algo, no dudaré en romperte ese delicado cuello que tienes.

Otro guardia se acercó y ambos lo llevaron cada uno tomándolo por un brazo hasta la plaza principal, donde, según creía el niño, sería juzgado por su traición.

El chico permaneció callado todo el trayecto, el camino fue largo y cansador, los grilletes se sentían apretados en sus tobillos, y con cada paso que daba le raspaban la carne más y más. Una vez llegados a la pequeña plaza, donde se llevaban a cabo tanto las sentencias como los festivales, vio a todos los que estuvieron el día anterior en la iglesia, y unos cuantos más, el cura estaba parado frente a todos ellos, y detrás suyo se erguía una gran cruz de madera blanca. Acercaron al joven y lo forzaron a arrodillarse frente al hombre de blanco, quien comenzó a hablar:

—Hay pocos lugares donde la bondad de Dios no pueda llegar, y lamentablemente hay veces que el mal se apodera de los cuerpos de las personas a las que amamos, de los mismísimos hijos de Dios, y los consume, pero no se dejen engañar, abran sus ojos y observen, este pobre niño está más allá de toda salvación, y si pudo entrar a la iglesia, a la casa del señor, entonces no hay exorcismo que valga, no hay agua bendita que purifique esta alma poluta, este niño será una amenaza para nuestra comunidad, y una ofensa para Dios. Nunca volverán a dormir tranquilos ni dejarán a sus hijos andar por las calles de este pequeño pueblo, temo que no hay nada que pueda hacer, y por tanto, no nos queda otra alternativa que purgar su cuerpo y alma, con la muerte.

Montones de ojos blancos asomaban de entre la multitud, algunos tristes, pero otros mostraban un desprecio, unas ganas insaciables de verlo arder, y se sorprendió al ver, entre los cientos de ojos pálidos, uno distinto, un solo ojo con el iris marrón, el ojo izquierdo de un hombre encapuchado.

—No miento, por favor, escuchen —dijo el niño entre lágrimas—, Estamos solos, no hay nada más, nadie más, el Señor no existe, merezco vivir —gritaba, sólo interrumpido por sus propios sollozos.

—¡Quémenlo! —gritó un hombre de atrás, lo que incentivó a otros con el mismo deseo.

—Mátenlo, arderá en el infierno de todas formas —gritó otra.

—Arránquenle sus ciegos ojos —gritó otro, y los gritos cada vez se hicieron más, hasta que la plaza pareció un coliseo lleno de monos aullando, monos ciegos.

El cura los calló, diciendo:

—He decidido, que el niño será crucificado, le debemos eso al alma que alguna vez fue, la muerte que recibió nuestro salvador, Cristo.

El chico gritó y pataleo y lloró, pero dos hombres lo agarraron de nuevo, uno de cada brazo, y con la ayuda de dos más lo clavaron a la cruz. En sus manos sentía el frío dolor del hierro, colgaba de este y sus pequeñas manos se desgarraban como una bandera vieja. Sangre brotaba de sus palmas y corría por sus brazos como una vertiente roja.

Gritaba el niño, y el cura leía otro fragmento de su biblia: «Para que abras sus ojos a fin de que se vuelvan de la oscuridad a la luz, y del dominio de Satanás a Dios, para que reciban, por la fe en mí, el perdón de pecados».

IV - El Rey

El joven perdía poco a poco el conocimiento, se lo veía más y más pálido, cada vez más frío, permanecía allí, colgando inmóvil de la cruz blanca, el dolor no amainaba, pero ya había dejado de gritar, y una vez que se fueron todos, el último hombre que quedaba se acercó, aquel de un ojo izquierdo marrón y uno derecho blanco. Era el mismo tuerto. En sus arrugas se notaba la pena, y en su ojo pálido la verdad.

—Qué hiciste —le dijo, triste, pero el niño no respondió, el niño llevaba la cabeza caída como si le pesara demasiado, su pelo castaño caía en mechones y le tapaba el rostro—, te dije que te podía matar, pensé que esta vez lo lograría, que tú verías con un ojo.

—Pero lo vi, por qué no me escucharon —dijo la voz apenas audible del chico—, digo la verdad.

—Lo sé, respondió el tuerto.

De los ojos del niño brotaban lágrimas blancas.

—Ahora entiendo, los otros niños, los que fueron contigo por órdenes del cura, ellos vieron también.

—Sí.

Una bandada de cuervos surcaba el cielo graznando una orquesta de ensordecedores ruidos horribles, y uno de ellos dejó a sus compañeros para posarse en un brazo de la cruz, un cuervo tuerto, con el ojo blanco que tanto había espantado al niño cuando todavía estaba ciego. Después de acompañarlo un rato en su agonía, y justo antes de que muera, el viejo dijo:

—Te acercaste mucho a la luz, sin saber que la misma visión que te guía es la que acabó por cegarte, te tendría que haber advertido, porque en un mundo de ciegos, ver es una mentira, en un mundo de ciegos, un tuerto es rey.


Tao Burga – (2017)


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