• Tao Burga

Moneda de Una Cara

Caminando me encontraba hacia el fin del mundo, así lo llamaba yo, aunque para mis padres no era mas que un precipicio peligroso, donde la tierra choca con el mar. Como de costumbre el alba cálido veraniego rociaba el cielo de celeste claro salpicado con nubes anaranjadas, montones de mariposas de todos los colores revoloteaban entre los jazmines, siempre fuera del alcance de mi mano.

Él me acompañaba, siempre lo hace. Yo digo que somos dos caras de la misma moneda, pero dos caras muy diferentes, claro está, él es tan sensible, efímero como si el aleteo de un colibrí pudiese tumbarlo, Tan amable, tan afectivo, tan dulce; y sin embargo siempre cubierto por sombras de melancolía y tristeza, como un manto negro que no se atreve a quitar, pues siente que quedará desnudo. No teme a exponerse a los demás, teme a exponerse a sí mismo, encontrarse con las lágrimas frecuentes y los nudos en la garganta, con sus propios demonios e incertidumbres. Todo le aterra.

Como decía, siempre camina conmigo, me acompaña al fin del mundo y vuelta, a veces hablamos, pero nunca demasiado. Me gusta sentarme junto a él con los pies desnudos colgando del precipicio y escuchar las olas romper la piedra debajo nuestro, con el sentimiento aventurero de que en cualquier momento la gran pared de tierra y piedra podría desmoronarse.

Una vez sentados, él a mi izquierda y con los pies moviéndose ansiosos en el vacío, vi que el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, cerré los ojos y respiré tan profundo como pude. El dulce aroma a jazmines que dibujó una sonrisa de oreja a oreja en mi rostro y me inspiró a iniciar la conversación:

—¿Qué crees que se encuentre más allá del agua? —dije, albergando ya ideas propias—

—No lo sé —replicó con la vista fija en el mar, como si pudiera ver el fondo rocoso—. ¿Más agua?

—Tiene que terminar en algún lado, puede que haya otro "fin del mundo", o incluso allí le llamen "comienzo del mundo".

Pero entonces una voz detrás de mí sonó ronca y fuerte como el rugido de un león:

—¿A quién le hablas, chico?

Giré mi cabeza en un movimiento repentino, en lo que vi al enorme urso marrón. Era gigante y horrible, con pelaje completamente negro, enormes garras y colmillos del tamaño de uno de mis dedos. Cerré los párpados tan fuerte que cualquiera hubiera dicho que no querría que se me caigan los ojos, pero cuando los abrí el enorme oso parlante seguía allí, con ojos suspicaces y mirada de depredador.

—¿Qué haces? ¡Aléjate del borde, ven! —dijo, para reafirmar que lo que ocurría no era mi imaginación.

Todo era tan surreal, busqué la reacción de mi amigo casi instantáneamente, pero para mi sorpresa ya no se encontraba a mi lado, estaba solo.

Hizo ademán de acercarse a mí como un gato se acerca a un ratón para darle caza. Tan aterrado estaba que en un movimiento torpe me apoyé en una piedra floja y sin nada o nadie que me agarrase caí. Caí por horas, incluso diría días. El tiempo era infinito, pero con todo el tiempo que tenía no podría volver a subir, jamás volvería a casa, nunca olería los jazmines de nuevo, ya no atraparía mas mariposas ni podría ver otro amanecer desde el fin del mundo. Pero lo que más me dolía, nunca volveré a hablar con él.

Como una promesa de muerte, cada metro que me acercaba al fondo rocoso era una parte de mi vida que me era arrancada de mis manos, una gota salada más que escurría de mis ojos con toda la fuerza de la muerte y llenaba un poco más el mar de llantos donde descansaría mi cuerpo.

Ahora el fin del mundo ya se encontraba muy cerca, el mar y el fondo pedregoso ascendían a mi encuentro cada vez más rápido, y justo antes de estrellarme contra las aguas poco profundas me pareció ver en el reflejo del agua la cara de mi amigo.

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